Saltar ao contido principal
Xornal  »  'La percepción Científica de las nuevas realidades económicas'. Discurso no acto de investidura como doutor honoris causa pola Universidade de Santiago de Compostela

Jaime Gil Aluja: 'La percepción Científica de las nuevas realidades económicas'. Discurso no acto de investidura como doutor honoris causa pola Universidade de Santiago de Compostela


Excmo. y Mgfco. Sr. Rector,
Excmo. Sr. Presidente del Consejo Social,
Excmos. e Ilmos. Miembros del Claustro,
Sras. y Sres.

Permítame, Excmo. y Mgfco. Sr. Rector, que antes de traspasar el umbral que me separa del Claustro de esta venerable Universidad me detenga unos breve instantes para expresar el profundo agradecimiento que siento en estos solemnes momentos en los que por su benevolencia y por el consenso y voluntad de los profesores de los Departamentos de Economía Financiera y Contabilidad, de Organización de Empresas y de Métodos Cuantitativos, así como de las Facultades de Ciencias Económicas y Empresariales de Santiago y de Administración de Empresas de Lugo, ha sido posible habilitar un espacio donde poder sentarme junto a tan ilustres doctores, con un saber y prestigio tal que irradia en todos los Continentes.

No se trata de meras palabras lanzadas al viento. Desde hace muchos años ya llegaban a nosotros los trabajos de un equipo en  el que figuraba de manera destacada el Profesor Senén Barro, cuyas investigaciones, aun cuando centradas en un área de conocimiento distinta a la de nuestras inquietudes, se sustentaban en los mismos principios y buceaban en el mar de la ciencia impulsados por idénticas inquietudes. Y ello, en unos momentos en los que era difícil encontrar siquiera el respeto para los nuevos hallazgos conseguidos a costa de muchos esfuerzos.

Muchas gracias, también, y de manera especial, por las cálidas palabras de presentación del Excmo. Sr. Académico, el profesor José Antonio Redondo, de cuya sincera amistad da fe su empeño en ensalzar la persona de un humilde investigador para el que el único mérito ha sido entreabrir puertas con la esperanza de que otros las traspasaran. Dos divisas nos fueron legadas por nuestro maestro Arnold Kaufmann: “ser útiles a los demás” y “crear nuestra propia concurrencia”. La primera ha sido la fuente de nuestras más íntimas satisfacciones, de la segunda son prueba irrefutable nuestros muchos discípulos que han triunfado y están triunfando en todos los rincones de nuestro mundo y que, por méritos propios, han alcanzado cotas mucho más elevadas que las que su maestro ha podido conseguir. Y ello con gran orgullo por nuestra parte.

Esta entrañable Universidad de Santiago alberga entre su profesorado a algunos de los que más han contribuido a la tarea común de desarrollar y divulgar la actividad científica. Sin ánimo de exhaustividad desearíamos citar al propio profesor José Antonio Redondo, a los profesores José Carlos de Miguel, José Luis Quiñoa, Manuel Castro Cotón, José Diez de Castro, Alfonso Rodríguez, Loreto Fernández, Luis Otero, Juan Piñeiro y Fausto Dopico. A todos ellos, gracias por lo que han hecho pero, sobre todo, muchas más por lo que van a hacer en el futuro.

Mi más emocionado y tierno recuerdo para mi madre, joven viuda, que sin otros recursos que su natural inteligencia e inenarrables sacrificios, supo crear, en un entorno hostil, un camino para que su único hijo, pudiera desarrollar sus capacidades. Gracias a mi esposa, Ana Mª, por su ayuda, comprensión y permanente soporte durante más de 45 años. Gracias a mis hijos, Ana Mª y Jaime, por haber sabido perpetuar el espíritu de unidad familiar. Gracias a mis fieles amigos de Reus. Gracias, finalmente, a mis compañeros de las Universidades: Rovira i Virgili, Girona, Juan Carlos I, Vigo y León que me han querido acompañar y que en su día mostraron su generosidad proponiendo mi incorporación en el Claustro de sus respectivas universidades.

Pertenecer a una universidad como la de Santiago de Compostela obliga a mucho. Obliga a redoblar esfuerzos, poniendo a disposición de la comunidad científica las muchas o pocas luces que puedan quedar todavía a este viejo pero entusiasta profesor. Puedo asegurarle, Excmo. y Mgfco. Sr. Rector, que procuraré hacerme acreedor de la confianza depositada en mí. Continuaré siendo coherente con los valores morales y éticos que han sido una constante durante medio siglo de intensa vida universitaria.

Desde la ya lejana creación de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales hemos ido siguiendo los éxitos de la institución y la de sus componentes a lo largo de los años. Hemos visto entrar en las aulas a jóvenes universitarias y universitarios que luego se han convertido en reconocidos profesores y destacados investigadores. ¡Cuántas veces al subir al estrado y visualizar a los alumnos hemos fijado la mirada en una o en otro de los asistentes imaginando que quizás algún día se convertirá en Rector de la Universidad, quizás en Ministro, Presidente de su Comunidad... o simplemente llegará a ser una mujer o un hombre de bien. ¡Qué grandeza la del profesor universitario...! La del que aprende enseñando, la del que busca, la mayor parte de las veces sin encontrarlas, las respuestas últimas a los continuos interrogantes que van apareciendo de manera constante en su diario contacto con los problemas de una sociedad repleta de complejidades. La del que se enfrenta, día tras otro, al reto de conseguir para sus semejantes, a través de sus investigaciones, un progreso social sostenible.

Las primeras preguntas

En este empeño se hace necesaria una profunda reflexión sobre la estructura, funcionamiento y evolución de nuestros sistemas económicos. Cada vez más se acepta que el funcionamiento de un sistema no es el resultado único de la actividad de sus propios componentes, sino, también, de la “ingerencia” de fuerzas que provienen del exterior. Esto hace que aparezcan las primeras preguntas: ¿cómo se ejercerá en el futuro el gobierno de las Naciones? ¿Bajo que circunstancias se realizará la gestión de las empresas e instituciones? Es evidente que ambos interrogantes se hallan ligados por una parte a cómo serán las sociedades del futuro y por otra cuáles serán los instrumentos formales que la ciencia pondrá a disposición de los decisores para enfrentarse a los problemas que los nuevos contextos plantean.

Si se considera un marco más general que el correspondiente al enfoque económico-social, creemos que nadie dudará en afirmar que una de las características destacadas del mundo en el que vivimos es la “mutabilidad”: los acontecimientos aparecen con inusitada rapidez, se agolpan y desaparecen precipitadamente cambiado las perspectivas de un futuro teñido cada vez más de un alto grado de incertidumbre. Cuando se obtiene un éxito, el triunfo es efímero, se olvida rápidamente. Cuando se comete una torpeza, cuando nos envuelve el fracaso, la “solución” es esperar a que el calendario traiga otro hecho que haría olvidar el anterior. Una canción gallega retrata bien este fenómeno: “casa, miña filla, casa, que unha perna tapa a outra”.

Desgranando este fenómeno de cambio nos damos cuenta que la mutabilidad se manifiesta en varias y distintas direcciones, entre las que podemos retener el cambio en los valores: antes se glorificaba la laboriosidad, la perseverancia, la paciencia, el espíritu de familia, la generosidad, la amistad...; ahora se prima, la audacia, la agresividad, el espíritu competitivo, el éxito, y, sobre todo, la imagen. Se ha producido un cambio en las necesidades y los gustos individuales y de las colectividades. Un cambio en las técnicas y tecnologías, que aparecen con desigual cadencia y de manera discontinua. Incluso se percibe un cambio en el vocabulario coloquial. Este proceso tiene lugar mediante movimientos rápidos y no lineales, entre los que existen interacciones profundas, se trate de sucesos o se trate de fenómenos.

Esto se manifiesta en multitud de áreas de la actividad económica. Así, se observa que, cada vez más, la máquina sustituye al trabajo humano, por lo que el “proletariado” ha quedado relegado por el “robotariado”; la “enseñanza especializada” va dejando paso a la llamada “calificación adaptable”; la “información” se está multiplicando hasta límites hasta hace poco impensables, ahora el problema se ha trasladado a saber filtrarla e interpretarla.

Como contrapunto aparece el fenómeno de la mundialización, que se manifiesta por un acercamiento geográfico desde una perspectiva temporal, ya que las distancias se recorren en un intervalo de tiempo cada vez más corto. Tiene lugar, también, un proceso de homogenización tanto en los hábitos, gustos y costumbres de personas y núcleos poblacionales situados en puntos lejanos entre sí, como en los idearios sociales y políticos, antes dispares y ahora cada vez más parecidos. Observamos, en no pocas ocasiones, que la diferenciación “se percibe” más por las personas que por los programas de los partidos.

Ante tal estado de cosas, nos preguntamos, por una parte, ¿hacia dónde vamos?, ¿cuáles van a ser los futuros escenarios en los que van a ejercerse nuestras habilidades? Y, por otra, ¿será posible mantener los principios aceptados tradicionalmente como soporte de las investigaciones económicas de mañana?, ¿continuarán siendo válidas las técnicas seculares utilizadas  desde tiempo inmemorial para la solución de los problemas de hoy? Y para terminar ¿existen esperanzas fundadas de encontrar una luz que guíe la voluntad investigadora hacia nuevos horizontes?

No cabe duda que algo subyace en el panorama científico esperando una autorizada voz que abra las compuertas e impulse un cambio profundo en la dirección de las investigaciones económicas. Pero un cambio en profundidad no es posible sin pasar previamente por el conocimiento de las realidades que se desean formalizar. Estas realidades no se hallan situadas en un mundo ideal si no en el mundo que nos rodea. Y este mundo está tan repleto de complejidades que cada vez más exige un flujo de conocimientos entre las distintas ramas de la ciencia.  Difícilmente una parcela del saber puede avanzar significativamente si no se apoya en los hallazgos de otra u otras.  En el ámbito de la economía el flujo receptor ha sido observado, una y otra vez, a lo largo de la historia de esta ciencia.

El trasvase del mecanicismo a la ciencia econonómica

En efecto, la ciencia económica ha ido pulsando, prácticamente desde sus orígenes, las miradas con que los físicos observaban el universo, con la esperanza de encontrar aquellas señales mediante las cuales se pudieran estimar, de alguna manera, los futuros escenarios en los que se desenvolvería la actividad económico-financiera de las organizaciones. No es posible emprender la tarea de renovar el conocimiento económico sin tener plena conciencia de sus raíces, unas raíces impregnadas de mecanicismo. Para ello un breve recorrido histórico puede sernos de utilidad.

La incorporación de la idea mecanicista en el conocimiento científico se pierde en el alba del razonamiento humano, cuando unos ojos miran al cielo y –una mente se pregunta sobre el funcionamiento del cosmos. Desde Tales de Mileto (624 a.C – 546 a.C), pasando por Pitágoras, Euxodo, Apolonio de Perga y Ptolomeo, hasta Copérnico, Kleper y Galileo se van dando respuestas a los interrogantes planteados a través de unas “leyes” que permiten describir el movimiento de los astros. Para ellos “el cosmos funciona como un reloj”. Pero, ¿qué sucede cuando se observan los acontecimientos más cercanos, los que acontecen a nuestro alrededor? Galileo Galilei (1564-1642) en su “Dialogo sobre los dos principales sistemas del mundo” confirma la existencia de dos sistemas de leyes: un sistema de ley natural para los objetos celestes y otro sistema para los objetos de la tierra. Fue Isaac Newton (1642-1727) quién en 1686 realiza la síntesis entre la mecánica física y la mecánica celeste, cambiando la percepción dual con la búsqueda de un código de leyes que gobierna el movimiento de un cuerpo bajo todas las combinaciones de fuerzas. Su planteamiento es realizado desde una perspectiva geométrica. En los tres tomos de su “Philosophiae Naturalis Principa Mathematica” Newton redujo todo movimiento a tres leyes, presentadas en el primer volumen. Las leyes de Newton son universales. Se cita como expresión intuitiva que la órbita de Júpiter y la trayectoria de una bala de cañón son dos manifestaciones de una misma ley.

El poso de cultura mecanicista, depositado durante tantos siglos de formación del edificio científico, no podía pasar inadvertido para la joven ciencia económica. Más, todavía, si se tiene en cuenta que, desde sus orígenes, los economistas han ido mimetizando los movimientos de los físicos con la esperanza de que, reproduciendo sus esquemas, serían capaces de explicar adecuadamente las interacciones entre los actores de la actividad económica de las naciones y de las empresas. Los fenómenos propios de la economía han sido estudiados considerando, también, los sistemas económicos como “grandes mecanos”, pensando, como los físicos, que las ecuaciones mecanicistas podrían reflejar el comportamiento supuestamente regular de los agentes que en ellos actúan. Una muestra conocida de este mimetismo investigador se halla en el hecho de que a la “mecánica celeste” de Laplace le haya seguido la “mecánica social” de Adolphe Quetelet.

Siguiendo el prototipo de la física tradicional en la que se vinculaba conocimiento completo y certidumbre y en donde a partir de ciertas condiciones iniciales se garantizaba la previsibilidad del futuro y la posibilidad de retrotraerse al pasado, la ciencia económica se apoya en la mecánica del movimiento, que describe procesos de carácter reversible y mecanicista, en donde la dirección del tiempo no juega papel alguno y en la cual no existe un lugar para la incertidumbre.

La economía, pues, lo mismo que sucedió cuando en el siglo XVIII e inicios del XIX se establecen las más celebradas leyes de física matemática,  asume un paradigma de gran alcance: “los fenómenos económicos son modelizables mediante ecuaciones diferenciales”. Si el universo seguía leyes conocidas ¿por qué no habrían de hacerlo los sistemas económicos? Modelos físicos que funcionan como un reloj, aceptación de sistemas económicos que funcionan como un reloj. Modelos físicos mecanicistas, aceptación en economía de sistemas mecanicistas.

Hay que señalar, sin embargo, que esta concepción mecanicista no ha tenido una utilización universal, pues mientras la civilización occidental consideraba que el mundo funcionaba como un reloj, la filosofía oriental y el hinduismo es un ejemplo, poseía una percepción más compleja.  Así, en el pensamiento hindú el “cosmos” atraviesa tres etapas: creación (cuyo dios es Brahma), conservación (que tiene como dios Vishnú) y destrucción (con el dios Shiva). La conservación representa el orden, la destrucción el desorden.  La distinción entre orden y desorden representa dos maneras de manifestar la divinidad: benevolencia, armonía por una parte, cólera, discordia por otra. Lo que de ninguna forma significa es la diferencia entre el bien y el mal.  Los matemáticos, hoy, empiezan a considerar que un mismo fenómeno puede ser “explicado” por sistemas diferentes que proporcionan conjuntos de estados con un grado o nivel de orden distinto.

El mecanicismo, sustentado por la matemática de la certeza y quizás por la del azar, recurriendo a la reversibilidad temporal, ha acuñado y divulgado conceptos que la ciencia económica ha hecho suyos. Durante muchos años ha considerado como uno de sus objetivos fundamentales la búsqueda del orden y la estabilidad. No creemos que haya ningún economista, sea cual sea la escuela en la que ha fundamentado sus conocimientos, que no asiente sus trabajos pensando en la obtención de un equilibrio o bien pensando en romper un equilibrio ya existente, siempre con la idea de encontrar otro que pudiera ser más favorable para los intereses que se desea defender.

Se observa en el ámbito de la investigación económica un marcado desconcierto, cuando una realidad llena de convulsiones que hacen la vida inestable se ve tratada como se había hecho en situaciones de equilibrio envueltas en estabilidades. Y ello es así, por cuando resulta difícil acostumbrarnos a admitir que la sociedad en general y la economía en particular, tal y como las hemos conocido hasta ahora, no tienen ninguna posibilidad de sobrevivir en un futuro inmediato, en el que muchos cambios serán inevitables. Ante este panorama, no faltan estudiosos que buscan soluciones emprendiendo nuevos caminos en sus investigaciones económicas, en las que están tomando una posición cada vez más fundamental las fluctuaciones y la inestabilidad. Nos estamos preguntando, teniendo en cuenta el contexto de cambios rápidos como los que estamos viviendo, ¿quién es capaz de adivinar el devenir de los acontecimientos con la precisión de un profeta?

La verdad es que, con independencia de la posición desde la cual tiene lugar el enfoque teórico, los sistemas económicos poseen una estructura compleja. En el ámbito de la actividad científica, desde una perspectiva general, se observa que algunos fenómenos se pueden describir mediante ecuaciones deterministas (movimiento de los planetas) pero, en cambio, otros comportan procesos inciertos (fenómenos económicos) o, en todo caso, estocásticos (desarrollos biológicos). ¿Podría suceder que la vida,  en lo que tiene irreversibilidad, se hallara, también, inscrita en las leyes generales desde el momento primigenio del Bing–Bang? Ante tantas dudas, ante tanta incertidumbre, nos atrevemos a pensar que la ciencia de tanto buscar lo permanente, la simetría y las leyes, ha encontrado lo mutable, la irreversibilidad y la complejidad. Sin embargo, la curiosidad del ser humano parece no tener límites. Y la identificación y búsqueda de explicación a las paradojas es, a veces, un camino para avanzar en el conocimiento. Tal acontece con la llamada paradoja del tiempo.

La paradoja del tiempo fue identificada por Ludwing Boltzmann, quien creyó posible seguir el ejemplo de Charles Darwin en biología y proporcionar una descripción evolucionista de los fenómenos físicos. Su intento tuvo por efecto poner en evidencia la contradicción entre las leyes de la física newtoniana -basadas en la equivalencia entre pasado y futuro- y toda tentativa de formulación evolucionista que afirma una distinción esencial entre futuro y pasado. Gracias a éste y a otros intentos se está produciendo un cambio en la percepción de la realidad y el tiempo.

Casi de manera imperceptible nos hemos encontrado, en nuestro camino, a las puertas de la biología, asomando nuestra curiosidad por los espacios darwnianos.

Incorporación de la idea darwiniana en los estudios económicos

Resulta realmente sugestiva la idea de incorporar las explicaciones evolucionistas en las teorías que describen los sistemas económicos en términos de cambio. Quizá puedan resultar útiles a este respecto, algunas consideraciones que, comparativamente, relacionan elementos significativos de unos y otros.

En el campo de la biología se explica la aparición de nuevos seres vivos como consecuencia de la intervención de una casi infinita secuencia de minúsculos pasos, necesariamente pequeños para que un ser esté suficientemente próximo al anterior. En cambio los objetos económicos,  sean físicos o mentales, aunque siguen en su evolución el mismo proceso, se comprueba que la secuencia de los pasos es más rápida y las transformaciones más perceptibles.

Sostiene el darwinismo más puro que los cuerpos vivos son tan inmensamente complejos que no es posible hayan llegado a aparecer por casualidad. Existen miles de billones de maneras de formar un ser vivo y sólo una ínfima parte de ellas sería capaz de tomar forma viable. Las estructuras económicas se hallan formadas por un complejo entramado, resultado de la acción de los agentes sociales, del propio devenir de acontecimientos y de acciones que proceden del exterior del propio sistema.

Realizadas estas simples aseveraciones, asumidas como elementos básicos aceptados frente al resurgimiento del creacionismo, pasamos a señalar que cada vez con mayor frecuencia los estudiosos de la economía se están enfrentando a nuevos procesos en los cuales, sin saber demasiado cómo, tiene lugar la transición del caos al orden, es decir a series de secuencias que se dirigen hacia una autoorganización. La investigación se canaliza, entonces, en conocer cómo tiene lugar esta creación de nuevas estructuras, es decir esta autoorganización. Sabemos, o por lo menos presumimos saber, que dado un sistema de funcionamiento, si desde el exterior se perturba de tal manera que un estado es llevado suficientemente lejos del equilibrio, entra en una situación de inestabilidad a partir de la cual tienen lugar nuevos fenómenos que pueden corresponder a comportamientos alejados del originario. Es de esta manera como aparecen nuevas figuras cada vez más complejas, en las que su supervivencia se halla permanentemente amenazada por un entorno hostil. En estas circunstancias el análisis mecanicista no es útil para estimar cuál será el  camino elegido entre los muchos que se pueden emprender y, por tanto, cual será el nuevo objeto o fenómeno..

En el campo de la economía, la evolución en las instituciones sociales, económicas y de gestión se puede concebir, a grandes rasgos, como una renovación pseudogenética que tiene lugar en los organismos de los Estados y otras instituciones públicas así como en las empresas, que dan lugar a las sucesivas generaciones, que hace que cada una de ellas sea estructuralmente irrepetible. Se trata de un proceso irreversible temporalmente. De nuevo surge, aquí, la idea de irreversibilidad que rompe los esquemas mecanicistas de los estudios clásicos y neoclásicos de la economía, tan cargados de atemporalidad.

Con cierta frecuencia se habla en el ámbito empresarial de la supervivencia de empresas e instituciones. Hemos oído reiteradamente la conocida sentencia que se expresa diciendo: “ el abuelo crea una empresa, el padre la mantiene y el hijo la cierra”. A veces nos creemos muy originales con esta idea que, en cambio, se pierde en la noche de los tiempos. El proceso de evolución del organismo empresarial así considerado comprende tres generaciones, pero no tiene que ser siempre así. De manera parecida como sucede en biología los pasos o secuencias están motivados por cambios en el “material genético”, entendido éste como el conjunto de elementos básicos formativos de los organismos sociales, económicos y de gestión.

Somos consistentes de las dificultades de incorporar los esquemas evolutivos e irreversibles en el quehacer cotidiano de docentes e investigadores. El problema no es nuevo. La ruptura que significa la idea evolucionista con respecto a la mecanicista está creando las mismas dudas y los mismos rechazos que en su momento significó el darwinismo como alternativa del hoy llamado creacionismo en biología. Ilustra cuanto acabamos de expresar la querella que se puso de manifiesto sólo un año después de la publicación de la obra de Darwin en 1859, entre el obispo Samuel Wildberforce y Thomas Huxley (abuelo de Aldous Huxley), con gran repercusión en los medios sociales y científicos. Se cuenta que en una de sus intervenciones públicas Wildberforce espetó a Huxley la pregunta presumiblemente hiriente de si su descendencia del mono era por la línea paterna o materna. Huxley contestó diciendo que prefería descender de un  mono  que de un obispo.

No es de extrañar, pues, que se reproduzca, hoy, el inmovilismo de ayer. Ante tanta incomprensión, cómo hacer para validar las nuevas propuestas, ideas, teorías y esquemas conceptuales y técnicos novedosos. A lo largo de muchos decenios, siglos diríamos, se ha ensalzado la evidencia experimental como medio de valorar la actividad científica, en general, y de manera particular en el ámbito de las ciencias sociales. Pero también se ha tenido que aceptar que a medida que los fenómenos adquieren mayor complejidad resulta más difícil valorar las evidencias disponibles. Ante estas carencias, sociólogos, economistas y estudiosos de la empresa han intentado colmar los vacíos existentes buscando auxilio, de manera consciente o inconscientemente, en la moral, la religión o, simplemente, buscando apoyo en los principios que sostienen  la escuela en la que han bebido sus conocimientos. Es así como teorías de largo alcance e importantes estructuras formales de pensamiento se han visto imbuidas de ideologías, infiltradas de subjetividades.

Con este breve y posiblemente leve hilvanado paralelismo entre biología y economía, hemos querido mostrar en que circunstancias y bajo que limitaciones las enseñanzas de la evolución biológica  pueden resultar enriquecedoras para comprender mejor el complejo entramado que provoca el desenvolvimiento. - nacimiento, vida y ocaso- de los organismos sociales, económicos y de gestión.

El conglomerado de conocimientos formado por el determinismo vinculado al mecanicismo y la atemporalidad es conocido, en una parte importante de los textos solventes, como concepción geométrica del universo. Este edificio formal construido por los grandes pensadores, siglo tras siglo, ha sido la piedra angular del progreso científico, cultural y material de la humanidad. Con todo reconocimiento y con el sentimiento de pequeñez ante tan inmenso panorama de sabiduría nos hemos atrevido a señalar que quizás existe otra vía para llegar a nuevas cotas de conocimiento capaz de contestar las preguntas que las nuevas generaciones de científicos se plantean. Si, como creemos, esto es así, la actividad investigadora se halla en una encrucijada en la que está en juego el futuro de la ciencia. Se tendrá, por un lado, la concepción geométrica del conocimiento, por el otro, la concepción darwiniana. De una parte, los excelsos y conocidos cantos reiterativos que se van renovando sólo en las formas. El sueño de reducir el funcionamiento del mundo a la predictibilidad de un mecano. De otra parte, el vacío de lo desconocido. La atracción de la aventura. La invitación al salto hacia un precipicio en el que no se percibe el fondo, sólo guiados por la esperanza de abrir nuevos horizontes. La respuesta a la llamada de Ludwing Boltzmann, de Bertran Russell, de Lukasiewicz, de Zadeh, de Lorenz, de Prigogine, de Kaufmann. El rechazo al yugo de la predestinación y la proclamación de la libertad de decisión que una y otra vez choca contra el muro del determinismo.

En nuestro deambular por las esferas de la investigación económica hemos dedicado la vida académica a luchar contra el determinismo y la predestinación, ayudando a construir elementos teóricos y técnicos portadores de libertad. Nos ha sido dada la inmensa fortuna de recibir el maestrazgo de algunos de los grandes creadores de ideas innovadoras. Recordamos en nuestra juventud las enseñanzas de François Perroux, clamando contra la transferencia al ámbito económico de los modelos mecanicistas. Más tarde, a mediados de la década de los 60, fue Lotfi Zadeh quien con el concepto de conjunto borroso abriría las puertas para que Arnold Kaufmann desarrollara y expandiera inicialmente no sólo unas técnicas revolucionarias sino una nueva manera de encauzar el pensamiento, que es versátil, modular y matizador. Imprescindible para transgredir las esencias del determinismo económico han sido las lecciones recibidas de Ilya Prigogine, quien en 1977 recibió el Premio Nóbel de Química por sus contribuciones al desequilibrio termodinámico, particularmente en la teoría de los procesos irreversibles.

Dos ejes fundamentales configuran la búsqueda de una nueva manera de pensar la ciencia económica: la incertidumbre frente a la certeza, las irregularidades frente a las leyes de la naturaleza.

Buscando explicar la incertidumbre y la complejidad económica

Es innegable que el conocimiento matemático de la certeza y la precisión ha alcanzado desde hace ya muchos años una gratificante plenitud. Pero a pesar de los hallazgos acumulados se producen fenómenos que continúan sin explicación. La matemática de la certeza puede calcular el movimiento de un planeta. Con un número limitado de leyes se puede predecir el futuro del universo. Pero, en cambio, no conocemos una formulación precisa para representar fenómenos de la vida cotidiana. En un pasado no muy remoto, los economistas intuyeron que para una gran cantidad de ellos, si bien no era posible describir los comportamientos de todos sus componentes individualmente sí era factible, en principio, hallar las regularidades en su comportamiento global. En general, si el comportamiento detallado de los grandes sistemas no era siquiera planteable, en cambio resultaba abordable encontrar leyes que explicaran su comportamiento en conjunto. La matemática que permitiría una solución venía de la mano de la “teoría de la probabilidad”.

Llegados a este punto, resulta fácil concluir que se habían llegado a perfilar dos tipos de análisis: el más antiguo, de gran precisión, basado en ecuaciones diferenciales capaces de explicar la evolución del universo y el entonces moderno, que trabajaba con cantidades globales “promediadas” de sistemas complejos.

Podría parecer que la irrupción de este segundo tipo de análisis hubiera puesto fin a los “conocimientos sagrados” de las leyes ciertas que, en cierto modo, describen un mundo de equilibrios estables, creando un nuevo mecanicismo sustentado por el azar. Los acontecimientos posteriores han desmentido esta posibilidad. El hecho de que la naturaleza esté obligada a seguir ciertas reglas avaladas por estructuras basadas en la certeza resulta patente en las leyes de Newton. Y las consideradas como mayores revoluciones del siglo XX, la “mecánica quántica” y la “relatividad” no hacen más que confirmar, en un principio, esta visión. En una muy conocida carta de Albert Einstein (1.878-1.955) a Niel Henrik David Bohr (1.885-1.962) se halla contenido el repetido párrafo: “Usted cree en un Dios que juega a los dados, y yo en una ley y un orden completos, en un mundo que existe objetivamente y que trato de representarme de un modo francamente especulativo”. Esta afirmación podría inducir a un rechazo frontal a las “leyes del azar”, cuando una reflexión más meditada a la luz de sus trabajos nos inclina a pensar que para Einstein su especulación se planteaba en forma de un interrogante. En efecto, el prototipo de objeto totalmente regido por una ley de certeza es, sin duda, la trayectoria definida por la mecánica clásica: una vez conocidas las condiciones iniciales puede calcularse la posición y velocidad de un móvil en cualquier posición. Pero en los estudios más recientes se pone de manifiesto que, exceptuando casos muy simples, la mayoría de los sistemas dinámicos son inestables, lo que significa que unos puntos tan próximos como se desee en un momento inicial, pueden pertenecer a trayectorias divergentes. La supresión del concepto de trayectoria nos permite construir un formalismo estadístico, aún en el marco de la dinámica clásica. En resumen se puede concluir que la distancia entre la descripción en la certeza y en el azar es menor de la que creían la mayor parte de los coetáneos de Einstein. ¿Qué significa entonces la expresión de Einstein “¿Dios no juega a los dados?” Si lo que quiere decir es que calcula las trayectorias, esto no modificaría el resultado del juego ya que llegaríamos a las mismas frecuencias de los diversos estados finales. El título de una conferencia del matemático Marc Kac “How Random is Random?” (¿Cuán aleatorio es el azar?) expresa la sutilidad en la distinción entre certeza y azar.

Con demasiada frecuencia se ha querido identificar azar e incertidumbre. Incluso en algunos tratados con valor pedagógico se distingue entre clases de incertidumbre, una de las cuales se incluye en el azar. Nos separamos de este criterio, que, a nuestro entender, no ayuda a conformar una claridad en las ideas. Consideramos posible identificar, en este caso las ideas con las palabras que las representan. Así, en una primera aproximación, se puede señalar que “azar e incertidumbre no corresponden a un mismo nivel de información. La incertidumbre no posee leyes, el azar posee leyes, conocidas o no, pero que existen por hipótesis. La incertidumbre está deficientemente estructurada y cuando se la explica se hace de manera subjetiva. El azar, por el contrario, se halla ligado al concepto de probabilidad, el cual es una medida sobre observaciones repetidas en el tiempo y/o en el espacio”.

Pero cada vez con mayor insistencia se pone de manifiesto que en el ámbito económico resulta difícil establecer medidas de manera cierta o mediante la probabilidad. Conjuntos de reglas que han constituido el soporte de los trabajos de investigación, generalmente aceptadas hasta ahora, están siendo cuestionadas y sustituidas por otras. Las nuevas propuestas surgidas del cambio han dado lugar a originales formas de enfocar las realidades socio-económicas susceptibles de proporcionar las soluciones que la comunidad científica reclama. Una de ellas se debe a Lotfi A. Zadeh. Los desarrollos de la física y las matemáticas del caos y de la inestabilidad han propiciado, creemos, el importante hallazgo de Zadeh, quien con su idea de fuzzy sets ha permitido un fundamental cambio en el panorama de la investigación en general y en la realizada en el ámbito de las ciencias sociales en particular.

Para comprender bien el significado de subconjunto borroso hay que recurrir a una querella que data de más de dos mil años. En efecto, Aristóteles (384-322 a. C.) señalaba: “Una simple afirmación es la primera especie de lo que llamamos proposiciones simples, y una simple negación es la segunda clase de ellas… Respecto de las cosas presentes o pasadas, las proposiciones, sean positivas o negativas, son por necesidad verdaderas o falsas. Y de las proposiciones que se oponen contradictoriamente debe ser una verdadera y una falsa”. En esta misma línea se situaba el pensamiento de los estoicos a una de cuyas figuras centrales, Crisipo di Soli (» 281- 208 a.C.), se le atribuye la formulación del llamado “principio del tercio excluso” (una proposición o es verdadera o es falsa). Los epicúreos, contestaron con vigor este principio, señalando que sólo es aceptable si no se da una tercera posibilidad “tertium non datur“ (tercio excluso). Esta idea tiene evidentes connotaciones con el principio de  incertidumbre ya mencionado.

Tienen que transcurrir veintidós siglos para que Lukasiewicz, retomando la idea de los epicúreos, señalara que existen proposiciones que no son ni verdaderas ni falsas, sino indeterminadas. Esto le permite enunciar su “principio de valencia” (cada proposición tiene un valor de verdad). Asignó, inicialmente, tres valores de verdad: verdadero (1), falso (0), indeterminado (0,5), generalizando, luego, a n valores, para n igual o mayor que 2. Se inicia, así, el camino para las llamadas lógicas multivalentes.

Permítame, Excmo. y Mgfco. Sr. Rector, que antes de traspasar el umbral que me separa del Claustro de esta venerable Universidad me detenga unos breve instantes para expresar el profundo agradecimiento que siento en estos solemnes momentos en los que por su benevolencia y por el consenso y voluntad de los profesores de los Departamentos de Economía Financiera y Contabilidad, de Organización de Empresas y de Métodos Cuantitativos, así como de las Facultades de Ciencias Económicas y Empresariales de Santiago y de Administración de Empresas de Lugo, ha sido posible habilitar un espacio donde poder sentarme junto a tan ilustres doctores, con un saber y prestigio tal que irradia en todos los Continentes.No se trata de meras palabras lanzadas al viento. Desde hace muchos años ya llegaban a nosotros los trabajos de un equipo en  el que figuraba de manera destacada el Profesor Senén Barro, cuyas investigaciones, aun cuando centradas en un área de conocimiento distinta a la de nuestras inquietudes, se sustentaban en los mismos principios y buceaban en el mar de la ciencia impulsados por idénticas inquietudes. Y ello, en unos momentos en los que era difícil encontrar siquiera el respeto para los nuevos hallazgos conseguidos a costa de muchos esfuerzos.Muchas gracias, también, y de manera especial, por las cálidas palabras de presentación del Excmo. Sr. Académico, el profesor José Antonio Redondo, de cuya sincera amistad da fe su empeño en ensalzar la persona de un humilde investigador para el que el único mérito ha sido entreabrir puertas con la esperanza de que otros las traspasaran. Dos divisas nos fueron legadas por nuestro maestro Arnold Kaufmann: “ser útiles a los demás” y “crear nuestra propia concurrencia”. La primera ha sido la fuente de nuestras más íntimas satisfacciones, de la segunda son prueba irrefutable nuestros muchos discípulos que han triunfado y están triunfando en todos los rincones de nuestro mundo y que, por méritos propios, han alcanzado cotas mucho más elevadas que las que su maestro ha podido conseguir. Y ello con gran orgullo por nuestra parte. Esta entrañable Universidad de Santiago alberga entre su profesorado a algunos de los que más han contribuido a la tarea común de desarrollar y divulgar la actividad científica. Sin ánimo de exhaustividad desearíamos citar al propio profesor José Antonio Redondo, a los profesores José Carlos de Miguel, José Luis Quiñoa, Manuel Castro Cotón, José Diez de Castro, Alfonso Rodríguez, Loreto Fernández, Luis Otero, Juan Piñeiro y Fausto Dopico. A todos ellos, gracias por lo que han hecho pero, sobre todo, muchas más por lo que van a hacer en el futuro.Mi más emocionado y tierno recuerdo para mi madre, joven viuda, que sin otros recursos que su natural inteligencia e inenarrables sacrificios, supo crear, en un entorno hostil, un camino para que su único hijo, pudiera desarrollar sus capacidades. Gracias a mi esposa, Ana Mª, por su ayuda, comprensión y permanente soporte durante más de 45 años. Gracias a mis hijos, Ana Mª y Jaime, por haber sabido perpetuar el espíritu de unidad familiar. Gracias a mis fieles amigos de Reus. Gracias, finalmente, a mis compañeros de las Universidades: Rovira i Virgili, Girona, Juan Carlos I, Vigo y León que me han querido acompañar y que en su día mostraron su generosidad proponiendo mi incorporación en el Claustro de sus respectivas universidades.Pertenecer a una universidad como la de Santiago de Compostela obliga a mucho. Obliga a redoblar esfuerzos, poniendo a disposición de la comunidad científica las muchas o pocas luces que puedan quedar todavía a este viejo pero entusiasta profesor. Puedo asegurarle, Excmo. y Mgfco. Sr. Rector, que procuraré hacerme acreedor de la confianza depositada en mí. Continuaré siendo coherente con los valores morales y éticos que han sido una constante durante medio siglo de intensa vida universitaria. Desde la ya lejana creación de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales hemos ido siguiendo los éxitos de la institución y la de sus componentes a lo largo de los años. Hemos visto entrar en las aulas a jóvenes universitarias y universitarios que luego se han convertido en reconocidos profesores y destacados investigadores. ¡Cuántas veces al subir al estrado y visualizar a los alumnos hemos fijado la mirada en una o en otro de los asistentes imaginando que quizás algún día se convertirá en Rector de la Universidad, quizás en Ministro, Presidente de su Comunidad... o simplemente llegará a ser una mujer o un hombre de bien. ¡Qué grandeza la del profesor universitario...! La del que aprende enseñando, la del que busca, la mayor parte de las veces sin encontrarlas, las respuestas últimas a los continuos interrogantes que van apareciendo de manera constante en su diario contacto con los problemas de una sociedad repleta de complejidades. La del que se enfrenta, día tras otro, al reto de conseguir para sus semejantes, a través de sus investigaciones, un progreso social sostenible.En este empeño se hace necesaria una profunda reflexión sobre la estructura, funcionamiento y evolución de nuestros sistemas económicos. Cada vez más se acepta que el funcionamiento de un sistema no es el resultado único de la actividad de sus propios componentes, sino, también, de la “ingerencia” de fuerzas que provienen del exterior. Esto hace que aparezcan las primeras preguntas: ¿cómo se ejercerá en el futuro el gobierno de las Naciones? ¿Bajo que circunstancias se realizará la gestión de las empresas e instituciones? Es evidente que ambos interrogantes se hallan ligados por una parte a cómo serán las sociedades del futuro y por otra cuáles serán los instrumentos formales que la ciencia pondrá a disposición de los decisores para enfrentarse a los problemas que los nuevos contextos plantean.Si se considera un marco más general que el correspondiente al enfoque económico-social, creemos que nadie dudará en afirmar que una de las características destacadas del mundo en el que vivimos es la “mutabilidad”: los acontecimientos aparecen con inusitada rapidez, se agolpan y desaparecen precipitadamente cambiado las perspectivas de un futuro teñido cada vez más de un alto grado de incertidumbre. Cuando se obtiene un éxito, el triunfo es efímero, se olvida rápidamente. Cuando se comete una torpeza, cuando nos envuelve el fracaso, la “solución” es esperar a que el calendario traiga otro hecho que haría olvidar el anterior. Una canción gallega retrata bien este fenómeno: . Desgranando este fenómeno de cambio nos damos cuenta que la mutabilidad se manifiesta en varias y distintas direcciones, entre las que podemos retener el cambio en los valores: antes se glorificaba la laboriosidad, la perseverancia, la paciencia, el espíritu de familia, la generosidad, la amistad...; ahora se prima, la audacia, la agresividad, el espíritu competitivo, el éxito, y, sobre todo, la imagen. Se ha producido un cambio en las necesidades y los gustos individuales y de las colectividades. Un cambio en las técnicas y tecnologías, que aparecen con desigual cadencia y de manera discontinua. Incluso se percibe un cambio en el vocabulario coloquial. Este proceso tiene lugar mediante movimientos rápidos y no lineales, entre los que existen interacciones profundas, se trate de sucesos o se trate de fenómenos.Esto se manifiesta en multitud de áreas de la actividad económica. Así, se observa que, cada vez más, la máquina sustituye al trabajo humano, por lo que el “proletariado” ha quedado relegado por el “robotariado”; la “enseñanza especializada” va dejando paso a la llamada “calificación adaptable”; la “información” se está multiplicando hasta límites hasta hace poco impensables, ahora el problema se ha trasladado a saber filtrarla e interpretarla.Como contrapunto aparece el fenómeno de la mundialización, que se manifiesta por un acercamiento geográfico desde una perspectiva temporal, ya que las distancias se recorren en un intervalo de tiempo cada vez más corto. Tiene lugar, también, un proceso de homogenización tanto en los hábitos, gustos y costumbres de personas y núcleos poblacionales situados en puntos lejanos entre sí, como en los idearios sociales y políticos, antes dispares y ahora cada vez más parecidos. Observamos, en no pocas ocasiones, que la diferenciación “se percibe” más por las personas que por los programas de los partidos.Ante tal estado de cosas, nos preguntamos, por una parte, ¿hacia dónde vamos?, ¿cuáles van a ser los futuros escenarios en los que van a ejercerse nuestras habilidades? Y, por otra, ¿será posible mantener los principios aceptados tradicionalmente como soporte de las investigaciones económicas de mañana?, ¿continuarán siendo válidas las técnicas seculares utilizadas  desde tiempo inmemorial para la solución de los problemas de hoy? Y para terminar ¿existen esperanzas fundadas de encontrar una luz que guíe la voluntad investigadora hacia nuevos horizontes?No cabe duda que algo subyace en el panorama científico esperando una autorizada voz que abra las compuertas e impulse un cambio profundo en la dirección de las investigaciones económicas. Pero un cambio en profundidad no es posible sin pasar previamente por el conocimiento de las realidades que se desean formalizar. Estas realidades no se hallan situadas en un mundo ideal si no en el mundo que nos rodea. Y este mundo está tan repleto de complejidades que cada vez más exige un flujo de conocimientos entre las distintas ramas de la ciencia.  Difícilmente una parcela del saber puede avanzar significativamente si no se apoya en los hallazgos de otra u otras.  En el ámbito de la economía el flujo receptor ha sido observado, una y otra vez, a lo largo de la historia de esta ciencia.En efecto, la ciencia económica ha ido pulsando, prácticamente desde sus orígenes, las miradas con que los físicos observaban el universo, con la esperanza de encontrar aquellas señales mediante las cuales se pudieran estimar, de alguna manera, los futuros escenarios en los que se desenvolvería la actividad económico-financiera de las organizaciones. No es posible emprender la tarea de renovar el conocimiento económico sin tener plena conciencia de sus raíces, unas raíces impregnadas de mecanicismo. Para ello un breve recorrido histórico puede sernos de utilidad.La incorporación de la idea mecanicista en el conocimiento científico se pierde en el alba del razonamiento humano, cuando unos ojos miran al cielo y –una mente se pregunta sobre el funcionamiento del cosmos. Desde Tales de Mileto (624 a.C – 546 a.C), pasando por Pitágoras, Euxodo, Apolonio de Perga y Ptolomeo, hasta Copérnico, Kleper y Galileo se van dando respuestas a los interrogantes planteados a través de unas “leyes” que permiten describir el movimiento de los astros. Para ellos “el cosmos funciona como un reloj”. Pero, ¿qué sucede cuando se observan los acontecimientos más cercanos, los que acontecen a nuestro alrededor? Galileo Galilei (1564-1642) en su “Dialogo sobre los dos principales sistemas del mundo” confirma la existencia de dos sistemas de leyes: un sistema de ley natural para los objetos celestes y otro sistema para los objetos de la tierra. Fue Isaac Newton (1642-1727) quién en 1686 realiza la síntesis entre la mecánica física y la mecánica celeste, cambiando la percepción dual con la búsqueda de un código de leyes que gobierna el movimiento de un cuerpo bajo todas las combinaciones de fuerzas. Su planteamiento es realizado desde una perspectiva geométrica. En los tres tomos de su “Philosophiae Naturalis Principa Mathematica” Newton redujo todo movimiento a tres leyes, presentadas en el primer volumen. Las leyes de Newton son universales. Se cita como expresión intuitiva que la órbita de Júpiter y la trayectoria de una bala de cañón son dos manifestaciones de una misma ley. El poso de cultura mecanicista, depositado durante tantos siglos de formación del edificio científico, no podía pasar inadvertido para la joven ciencia económica. Más, todavía, si se tiene en cuenta que, desde sus orígenes, los economistas han ido mimetizando los movimientos de los físicos con la esperanza de que, reproduciendo sus esquemas, serían capaces de explicar adecuadamente las interacciones entre los actores de la actividad económica de las naciones y de las empresas. Los fenómenos propios de la economía han sido estudiados considerando, también, los sistemas económicos como “grandes mecanos”, pensando, como los físicos, que las ecuaciones mecanicistas podrían reflejar el comportamiento supuestamente regular de los agentes que en ellos actúan. Una muestra conocida de este mimetismo investigador se halla en el hecho de que a la “mecánica celeste” de Laplace le haya seguido la “mecánica social” de Adolphe Quetelet. Siguiendo el prototipo de la física tradicional en la que se vinculaba conocimiento completo y certidumbre y en donde a partir de ciertas condiciones iniciales se garantizaba la previsibilidad del futuro y la posibilidad de retrotraerse al pasado, la ciencia económica se apoya en la mecánica del movimiento, que describe procesos de carácter reversible y mecanicista, en donde la dirección del tiempo no juega papel alguno y en la cual no existe un lugar para la incertidumbre.La economía, pues, lo mismo que sucedió cuando en el siglo XVIII e inicios del XIX se establecen las más celebradas leyes de física matemática,  asume un paradigma de gran alcance: “los fenómenos económicos son modelizables mediante ecuaciones diferenciales”. Si el universo seguía leyes conocidas ¿por qué no habrían de hacerlo los sistemas económicos? Modelos físicos que funcionan como un reloj, aceptación de sistemas económicos que funcionan como un reloj. Modelos físicos mecanicistas, aceptación en economía de sistemas mecanicistas. Hay que señalar, sin embargo, que esta concepción mecanicista no ha tenido una utilización universal, pues mientras la civilización occidental consideraba que el mundo funcionaba como un reloj, la filosofía oriental y el hinduismo es un ejemplo, poseía una percepción más compleja.  Así, en el pensamiento hindú el “cosmos” atraviesa tres etapas: creación (cuyo dios es Brahma), conservación (que tiene como dios Vishnú) y destrucción (con el dios Shiva). La conservación representa el orden, la destrucción el desorden.  La distinción entre orden y desorden representa dos maneras de manifestar la divinidad: benevolencia, armonía por una parte, cólera, discordia por otra. Lo que de ninguna forma significa es la diferencia entre el bien y el mal.  Los matemáticos, hoy, empiezan a considerar que un mismo fenómeno puede ser “explicado” por sistemas diferentes que proporcionan conjuntos de estados con un grado o nivel de orden distinto.El mecanicismo, sustentado por la matemática de la certeza y quizás por la del azar, recurriendo a la reversibilidad temporal, ha acuñado y divulgado conceptos que la ciencia económica ha hecho suyos. Durante muchos años ha considerado como uno de sus objetivos fundamentales la búsqueda del orden y la estabilidad. No creemos que haya ningún economista, sea cual sea la escuela en la que ha fundamentado sus conocimientos, que no asiente sus trabajos pensando en la obtención de un equilibrio o bien pensando en romper un equilibrio ya existente, siempre con la idea de encontrar otro que pudiera ser más favorable para los intereses que se desea defender.Se observa en el ámbito de la investigación económica un marcado desconcierto, cuando una realidad llena de convulsiones que hacen la vida inestable se ve tratada como se había hecho en situaciones de equilibrio envueltas en estabilidades. Y ello es así, por cuando resulta difícil acostumbrarnos a admitir que la sociedad en general y la economía en particular, tal y como las hemos conocido hasta ahora, no tienen ninguna posibilidad de sobrevivir en un futuro inmediato, en el que muchos cambios serán inevitables. Ante este panorama, no faltan estudiosos que buscan soluciones emprendiendo nuevos caminos en sus investigaciones económicas, en las que están tomando una posición cada vez más fundamental las fluctuaciones y la inestabilidad. Nos estamos preguntando, teniendo en cuenta el contexto de cambios rápidos como los que estamos viviendo, ¿quién es capaz de adivinar el devenir de los acontecimientos con la precisión de un profeta?La verdad es que, con independencia de la posición desde la cual tiene lugar el enfoque teórico, los sistemas económicos poseen una estructura compleja. En el ámbito de la actividad científica, desde una perspectiva general, se observa que algunos fenómenos se pueden describir mediante ecuaciones deterministas (movimiento de los planetas) pero, en cambio, otros comportan procesos inciertos (fenómenos económicos) o, en todo caso, estocásticos (desarrollos biológicos). ¿Podría suceder que la vida,  en lo que tiene irreversibilidad, se hallara, también, inscrita en las leyes generales desde el momento primigenio del Bing–Bang? Ante tantas dudas, ante tanta incertidumbre, nos atrevemos a pensar que la ciencia de tanto buscar lo permanente, la simetría y las leyes, ha encontrado lo mutable, la irreversibilidad y la complejidad. Sin embargo, la curiosidad del ser humano parece no tener límites. Y la identificación y búsqueda de explicación a las paradojas es, a veces, un camino para avanzar en el conocimiento. Tal acontece con la llamada paradoja del tiempo. La paradoja del tiempo fue identificada por Ludwing Boltzmann, quien creyó posible seguir el ejemplo de Charles Darwin en biología y proporcionar una descripción evolucionista de los fenómenos físicos. Su intento tuvo por efecto poner en evidencia la contradicción entre las leyes de la física newtoniana -basadas en la equivalencia entre pasado y futuro- y toda tentativa de formulación evolucionista que afirma una distinción esencial entre futuro y pasado. Gracias a éste y a otros intentos se está produciendo un cambio en la percepción de la realidad y el tiempo. Casi de manera imperceptible nos hemos encontrado, en nuestro camino, a las puertas de la biología, asomando nuestra curiosidad por los espacios darwnianos.Resulta realmente sugestiva la idea de incorporar las explicaciones evolucionistas en las teorías que describen los sistemas económicos en términos de cambio. Quizá puedan resultar útiles a este respecto, algunas consideraciones que, comparativamente, relacionan elementos significativos de unos y otros.En el campo de la biología se explica la aparición de nuevos seres vivos como consecuencia de la intervención de una casi infinita secuencia de minúsculos pasos, necesariamente pequeños para que un ser esté suficientemente próximo al anterior. En cambio los objetos económicos,  sean físicos o mentales, aunque siguen en su evolución el mismo proceso, se comprueba que la secuencia de los pasos es más rápida y las transformaciones más perceptibles.Sostiene el darwinismo más puro que los cuerpos vivos son tan inmensamente complejos que no es posible hayan llegado a aparecer por casualidad. Existen miles de billones de maneras de formar un ser vivo y sólo una ínfima parte de ellas sería capaz de tomar forma viable. Las estructuras económicas se hallan formadas por un complejo entramado, resultado de la acción de los agentes sociales, del propio devenir de acontecimientos y de acciones que proceden del exterior del propio sistema.Realizadas estas simples aseveraciones, asumidas como elementos básicos aceptados frente al resurgimiento del creacionismo, pasamos a señalar que cada vez con mayor frecuencia los estudiosos de la economía se están enfrentando a nuevos procesos en los cuales, sin saber demasiado cómo, tiene lugar la transición del caos al orden, es decir a series de secuencias que se dirigen hacia una autoorganización. La investigación se canaliza, entonces, en conocer cómo tiene lugar esta creación de nuevas estructuras, es decir esta autoorganización. Sabemos, o por lo menos presumimos saber, que dado un sistema de funcionamiento, si desde el exterior se perturba de tal manera que un estado es llevado suficientemente lejos del equilibrio, entra en una situación de inestabilidad a partir de la cual tienen lugar nuevos fenómenos que pueden corresponder a comportamientos alejados del originario. Es de esta manera como aparecen nuevas figuras cada vez más complejas, en las que su supervivencia se halla permanentemente amenazada por un entorno hostil. En estas circunstancias el análisis mecanicista no es útil para estimar cuál será el  camino elegido entre los muchos que se pueden emprender y, por tanto, cual será el nuevo objeto o fenómeno..En el campo de la economía, la evolución en las instituciones sociales, económicas y de gestión se puede concebir, a grandes rasgos, como una renovación pseudogenética que tiene lugar en los organismos de los Estados y otras instituciones públicas así como en las empresas, que dan lugar a las sucesivas generaciones, que hace que cada una de ellas sea estructuralmente irrepetible. Se trata de un proceso irreversible temporalmente. De nuevo surge, aquí, la idea de irreversibilidad que rompe los esquemas mecanicistas de los estudios clásicos y neoclásicos de la economía, tan cargados de atemporalidad.Con cierta frecuencia se habla en el ámbito empresarial de la supervivencia de empresas e instituciones. Hemos oído reiteradamente la conocida sentencia que se expresa diciendo: “ el abuelo crea una empresa, el padre la mantiene y el hijo la cierra”. A veces nos creemos muy originales con esta idea que, en cambio, se pierde en la noche de los tiempos. El proceso de evolución del organismo empresarial así considerado comprende tres generaciones, pero no tiene que ser siempre así. De manera parecida como sucede en biología los pasos o secuencias están motivados por cambios en el “material genético”, entendido éste como el conjunto de elementos básicos formativos de los organismos sociales, económicos y de gestión.Somos consistentes de las dificultades de incorporar los esquemas evolutivos e irreversibles en el quehacer cotidiano de docentes e investigadores. El problema no es nuevo. La ruptura que significa la idea evolucionista con respecto a la mecanicista está creando las mismas dudas y los mismos rechazos que en su momento significó el darwinismo como alternativa del hoy llamado creacionismo en biología. Ilustra cuanto acabamos de expresar la querella que se puso de manifiesto sólo un año después de la publicación de la obra de Darwin en 1859, entre el obispo Samuel Wildberforce y Thomas Huxley (abuelo de Aldous Huxley), con gran repercusión en los medios sociales y científicos. Se cuenta que en una de sus intervenciones públicas Wildberforce espetó a Huxley la pregunta presumiblemente hiriente de si su descendencia del mono era por la línea paterna o materna. Huxley contestó diciendo que prefería descender de un  mono  que de un obispo.No es de extrañar, pues, que se reproduzca, hoy, el inmovilismo de ayer. Ante tanta incomprensión, cómo hacer para validar las nuevas propuestas, ideas, teorías y esquemas conceptuales y técnicos novedosos. A lo largo de muchos decenios, siglos diríamos, se ha ensalzado la evidencia experimental como medio de valorar la actividad científica, en general, y de manera particular en el ámbito de las ciencias sociales. Pero también se ha tenido que aceptar que a medida que los fenómenos adquieren mayor complejidad resulta más difícil valorar las evidencias disponibles. Ante estas carencias, sociólogos, economistas y estudiosos de la empresa han intentado colmar los vacíos existentes buscando auxilio, de manera consciente o inconscientemente, en la moral, la religión o, simplemente, buscando apoyo en los principios que sostienen  la escuela en la que han bebido sus conocimientos. Es así como teorías de largo alcance e importantes estructuras formales de pensamiento se han visto imbuidas de ideologías, infiltradas de subjetividades.Con este breve y posiblemente leve hilvanado paralelismo entre biología y economía, hemos querido mostrar en que circunstancias y bajo que limitaciones las enseñanzas de la evolución biológica  pueden resultar enriquecedoras para comprender mejor el complejo entramado que provoca el desenvolvimiento. - nacimiento, vida y ocaso- de los organismos sociales, económicos y de gestión.El conglomerado de conocimientos formado por el determinismo vinculado al mecanicismo y la atemporalidad es conocido, en una parte importante de los textos solventes, como concepción geométrica del universo. Este edificio formal construido por los grandes pensadores, siglo tras siglo, ha sido la piedra angular del progreso científico, cultural y material de la humanidad. Con todo reconocimiento y con el sentimiento de pequeñez ante tan inmenso panorama de sabiduría nos hemos atrevido a señalar que quizás existe otra vía para llegar a nuevas cotas de conocimiento capaz de contestar las preguntas que las nuevas generaciones de científicos se plantean. Si, como creemos, esto es así, la actividad investigadora se halla en una encrucijada en la que está en juego el futuro de la ciencia. Se tendrá, por un lado, la concepción geométrica del conocimiento, por el otro, la concepción darwiniana. De una parte, los excelsos y conocidos cantos reiterativos que se van renovando sólo en las formas. El sueño de reducir el funcionamiento del mundo a la predictibilidad de un mecano. De otra parte, el vacío de lo desconocido. La atracción de la aventura. La invitación al salto hacia un precipicio en el que no se percibe el fondo, sólo guiados por la esperanza de abrir nuevos horizontes. La respuesta a la llamada de Ludwing Boltzmann, de Bertran Russell, de Lukasiewicz, de Zadeh, de Lorenz, de Prigogine, de Kaufmann. El rechazo al yugo de la predestinación y la proclamación de la libertad de decisión que una y otra vez choca contra el muro del determinismo.En nuestro deambular por las esferas de la investigación económica hemos dedicado la vida académica a luchar contra el determinismo y la predestinación, ayudando a construir elementos teóricos y técnicos portadores de libertad. Nos ha sido dada la inmensa fortuna de recibir el maestrazgo de algunos de los grandes creadores de ideas innovadoras. Recordamos en nuestra juventud las enseñanzas de François Perroux, clamando contra la transferencia al ámbito económico de los modelos mecanicistas. Más tarde, a mediados de la década de los 60, fue Lotfi Zadeh quien con el concepto de conjunto borroso abriría las puertas para que Arnold Kaufmann desarrollara y expandiera inicialmente no sólo unas técnicas revolucionarias sino una nueva manera de encauzar el pensamiento, que es versátil, modular y matizador. Imprescindible para transgredir las esencias del determinismo económico han sido las lecciones recibidas de Ilya Prigogine, quien en 1977 recibió el Premio Nóbel de Química por sus contribuciones al desequilibrio termodinámico, particularmente en la teoría de los procesos irreversibles.Dos ejes fundamentales configuran la búsqueda de una nueva manera de pensar la ciencia económica: la incertidumbre frente a la certeza, las irregularidades frente a las leyes de la naturaleza.Es innegable que el conocimiento matemático de la certeza y la precisión ha alcanzado desde hace ya muchos años una gratificante plenitud. Pero a pesar de los hallazgos acumulados se producen fenómenos que continúan sin explicación. La matemática de la certeza puede calcular el movimiento de un planeta. Con un número limitado de leyes se predecir el futuro del universo. Pero, en cambio, no conocemos una formulación precisa para representar fenómenos de la vida cotidiana. En un pasado no muy remoto, los economistas intuyeron que para una gran cantidad de ellos, si bien no era posible describir los comportamientos de todos sus componentes individualmente sí era factible, en principio, hallar las regularidades en su comportamiento global. En general, si el comportamiento detallado de los grandes sistemas no era siquiera planteable, en cambio resultaba abordable encontrar leyes que explicaran su comportamiento en conjunto. La matemática que permitiría una solución venía de la mano de la “teoría de la probabilidad”. Llegados a este punto, resulta fácil concluir que se habían llegado a perfilar dos tipos de análisis: el más antiguo, de gran precisión, basado en ecuaciones diferenciales capaces de explicar la evolución del universo y el entonces moderno, que trabajaba con cantidades globales “promediadas” de sistemas complejos.Podría parecer que la irrupción de este segundo tipo de análisis hubiera puesto fin a los “conocimientos sagrados” de las leyes ciertas que, en cierto modo, describen un mundo de equilibrios estables, creando un nuevo mecanicismo sustentado por el azar. Los acontecimientos posteriores han desmentido esta posibilidad. El hecho de que la naturaleza esté obligada a seguir ciertas reglas avaladas por estructuras basadas en la certeza resulta patente en las leyes de Newton. Y las consideradas como mayores revoluciones del siglo XX, la “mecánica quántica” y la “relatividad” no hacen más que confirmar, en un principio, esta visión. En una muy conocida carta de Albert Einstein (1.878-1.955) a Niel Henrik David Bohr (1.885-1.962) se halla contenido el repetido párrafo: . Esta afirmación podría inducir a un rechazo frontal a las “leyes del azar”, cuando una reflexión más meditada a la luz de sus trabajos nos inclina a pensar que para Einstein su especulación se planteaba en forma de un interrogante. En efecto, el prototipo de objeto totalmente regido por una ley de certeza es, sin duda, la trayectoria definida por la mecánica clásica: una vez conocidas las condiciones iniciales puede calcularse la posición y velocidad de un móvil en cualquier posición. Pero en los estudios más recientes se pone de manifiesto que, exceptuando casos muy simples, la mayoría de los sistemas dinámicos son inestables, lo que significa que unos puntos tan próximos como se desee en un momento inicial, pueden pertenecer a trayectorias divergentes. La supresión del concepto de trayectoria nos permite construir un formalismo estadístico, aún en el marco de la dinámica clásica. En resumen se puede concluir que la distancia entre la descripción en la certeza y en el azar es menor de la que creían la mayor parte de los coetáneos de Einstein. ¿Qué significa entonces la expresión de Einstein “¿Dios no juega a los dados?” Si lo que quiere decir es que calcula las trayectorias, esto no modificaría el resultado del juego ya que llegaríamos a las mismas frecuencias de los diversos estados finales. El título de una conferencia del matemático Marc Kac “How Random is Random?” (¿Cuán aleatorio es el azar?) expresa la sutilidad en la distinción entre certeza y azar.Con demasiada frecuencia se ha querido identificar azar e incertidumbre. Incluso en algunos tratados con valor pedagógico se distingue entre clases de incertidumbre, una de las cuales se incluye en el azar. Nos separamos de este criterio, que, a nuestro entender, no ayuda a conformar una claridad en las ideas. Consideramos posible identificar, en este caso las ideas con las palabras que las representan. Así, en una primera aproximación, se puede señalar que “azar e incertidumbre no corresponden a un mismo nivel de información. La incertidumbre no posee leyes, el azar posee leyes, conocidas o no, pero que existen por hipótesis. La incertidumbre está deficientemente estructurada y cuando se la explica se hace de manera subjetiva. El azar, por el contrario, se halla ligado al concepto de probabilidad, el cual es una medida sobre observaciones repetidas en el tiempo y/o en el espacio”.Pero cada vez con mayor insistencia se pone de manifiesto que en el ámbito económico resulta difícil establecer medidas de manera cierta o mediante la probabilidad. Conjuntos de reglas que han constituido el soporte de los trabajos de investigación, generalmente aceptadas hasta ahora, están siendo cuestionadas y sustituidas por otras. Las nuevas propuestas surgidas del cambio han dado lugar a originales formas de enfocar las realidades socio-económicas susceptibles de proporcionar las soluciones que la comunidad científica reclama. Una de ellas se debe a Lotfi A. Zadeh. Los desarrollos de la física y las matemáticas del caos y de la inestabilidad han propiciado, creemos, el importante hallazgo de Zadeh, quien con su idea de fuzzy sets ha permitido un fundamental cambio en el panorama de la investigación en general y en la realizada en el ámbito de las ciencias sociales en particular.Para comprender bien el significado de subconjunto borroso hay que recurrir a una querella que data de más de dos mil años. En efecto, Aristóteles (384-322 a. C.) señalaba: “Una simple afirmación es la primera especie de lo que llamamos proposiciones simples, y una simple negación es la segunda clase de ellas… Respecto de las cosas presentes o pasadas, las proposiciones, sean positivas o negativas, son por necesidad verdaderas o falsas. Y de las proposiciones que se oponen contradictoriamente debe ser una verdadera y una falsa”. En esta misma línea se situaba el pensamiento de los estoicos a una de cuyas figuras centrales, Crisipo di Soli (» 281- 208 a.C.), se le atribuye la formulación del llamado “principio del tercio excluso” (una proposición o es verdadera o es falsa). Los epicúreos, contestaron con vigor este principio, señalando que sólo es aceptable si no se da una tercera posibilidad “tertium non datur“ (tercio excluso). Esta idea tiene evidentes connotaciones con el principio de  incertidumbre ya mencionado.Tienen que transcurrir veintidós siglos para que Lukasiewicz, retomando la idea de los epicúreos, señalara que existen proposiciones que no son ni verdaderas ni falsas, sino indeterminadas. Esto le permite enunciar su “principio de valencia” (cada proposición tiene un valor de verdad). Asignó, inicialmente, tres valores de verdad: verdadero (1), falso (0), indeterminado (0,5), generalizando, luego, a n valores, para n igual o mayor que 2. Se inicia, así, el camino para las llamadas lógicas multivalentes.

Con ocasión del Congreso Internacional SIGEF de Buenos Aires, intentamos asentar la posición epicúrea en las nuevas coordenadas surgidas del hallazgo de Zadeh, enunciando el “principio de la simultaneidad gradual” (toda proposición puede ser a la vez verdadera y falsa, a condición de asignar un grado a su verdad y un grado a su falsedad). Antes y después, un buen número de científicos han ido colocando, piedra tras piedra, los cimientos de lo que puede ser un nuevo edificio del saber. Desde esta perspectiva del conocimiento, algunos nombres jalonan este ya fructífero camino: Rosenfield, en 1971, estudia las relaciones  borrosas. De Luca y Termini, en 1972, acuñan el concepto de entropía no probabilística. Kaufmann, en 1973, incorpora el operador de convolución maxmin en las ecuaciones de relaciones borrosas. Sugeno en 1977, se introduce en el ámbito de las mediciones borrosas. Zimmermann, en 1978, profundiza en el desarrollo de las operaciones  con subconjuntos borrosos. Numerosos grupos de investigación pertenecientes a universidades de los cinco continentes están trabajando en las distintas ramas del árbol de la ciencia. Pero hará falta todavía, una gran dosis de imaginación para romper con los lazos que nos atenazan con el pasado, colocando en su lugar ecuaciones diferenciales “no lineales”, portadoras de un gran arsenal descriptivo de situaciones inciertas.

Buscando explicar las irregularidades económicas

En el mundo que nos sido dado vivir, las formas que encontramos, tanto en el estudio de los objetos físicos como económicos no guardan semejanza, normalmente, con las figuras geométricas tradicionales de la matemática mecanicista. Y esto, a pesar de las reiteradas proclamas en sentido contrario desde la afirmación en 1610, por parte de Galileo Galilei, en el sentido que: “la matemática es el lenguaje de la naturaleza”. La verdad es que la geometría de la naturaleza resulta de difícil representación mediante las formas usuales de Euclides o por el cálculo diferencial. Y lo mismo sucede, muchas veces, con los objetos físicos o mentales propios de la economía. Su escaso orden los convierte en “caóticos”. Adoptamos así, el término empleado por Norbert Wiener, cuando quería expresar una forma extrema de desorden.

Benoît Mandelbrot en su obra The Fractal Geometry of Nature  señala que las nubes no son esferas, las montañas no son círculos y la corteza de un árbol no es lisa. Con esta idea desarrolla una nueva matemática capaz de describir y estudiar la estructura irregular de los objetos naturales. Acuñó un nombre, fractales, para designar estas nuevas formas geométricas.

Los fractales, igual que sucede con el caos, se asientan sobre la estructura de la irregularidad. En los dos, la imaginación geométrica adquiere importancia fundamental. Ahora bien, si en los fractales domina la geometría, en el caos ésta se halla supeditada a la dinámica. Se podría decir que los fractales proporcionan un nuevo lenguaje susceptible de describir la forma del caos. “La geometría fractal se caracteriza por dos elecciones: la elección de problemas en el seno del caos de la naturaleza… y la elección de herramientas en el seno de las matemáticas… Estas dos elecciones han creado algo nuevo: entre el dominio del caos incontrolado y el orden excesivo de Euclides, hay a partir de ahora una nueva zona de orden fractal.”

En la geometría convencional un punto o un número infinito de puntos son figuras de dimensión cero; una recta o una curva “euclídea” constituyen figuras de dimensión uno; un plano o una superficie  de las habituales son  figuras de dimensión dos; un cubo tiene una dimensión tres;… Fue gracias a la propuesta de Hausdorff, en 1919, que se han podido considerar algunas figuras ideales cuya dimensión no es un entero sino una fracción o también un número irracional. Se puede decir, entonces que la dimensión fractal mide el grado de irregularidad e interrupción de un objeto fractal.

Cuando se pasa del mundo de las ideas al de las realidades se comprueba que también en la realidad existen objetos específicos cuya dimensión física efectiva posee un valor no convencional. Esto nos lleva a prestar atención a la relación entre las idealizaciones matemáticas (figuras) y los datos y formas reales (sean objetos, sean fenómenos). Subiendo un nuevo eslabón para pasar al ámbito de las relaciones entre realidad y formalización de la realidad, se puede aceptar que un resultado numérico depende de la relación entre objeto observado y sujeto observador. “Ce qui change c’est le regard”. En otras palabras, la dimensión física tiene un componente de subjetividad y depende del grado de resolución. Un ejemplo presentado por Mandelbrot puede ser esclarecedor: “un ovillo de 10cm de diámetro, hecho con hilo de 1mm de sección tiene varias dimensiones efectivas distintas. Pata un grado de resolución de 10 metros es un punto, y por tanto una figura de dimensión cero; para el grado de resolución de 10cm es una bola tridimensional; para el grado de resolución de 10mm es un conjunto de hilos y tiene por consiguiente dimensión uno; para el grado de resolución de 0,1mm cada hilo se convierte en una especie de columna y el conjunto vuelve a ser de tres dimensiones; (...) y así sucesivamente el valor de la dimensión no para de dar saltos.

En nuestro intento por explicar la naturaleza introducimos escalas de medida distintas según la “dimensión” del objeto estudiado. No existen grandes problemas para el análisis de aquellos fenómenos que comprenden un rango reducido de escalas, pero las dificultades aumentan cuando es esencial un gran rango.

Las posibilidades de utilización de los fractales son amplias. Los fractales ponen en evidencia una nueva visión de la naturaleza, que, ahora, es apta para ser modelizada matemáticamente. Las posibilidades de representar de manera geométrica fenómenos económicos irregulares, abren las puertas al empleo fractal en el ámbito de las ciencias sociales. La preocupación por las fluctuaciones en las bolsas ¿no podría estimular el estudio de esta nueva geometría de la Naturaleza por parte de economistas y especialistas  en gestión?

Epílogo

Incertidumbre, irregularidad y complejidad parecen ser los principales retos que las mutables realidades actuales y previsiblemente futuras plantean a la investigación social y económica. Durante casi cuatro decenios hemos tratado de indagar en lo más profundo de cada uno de los niveles de conocimiento del edificio científico, para intentar encontrar, en cada uno de ellos, las claves que permitieran abrir las puertas para conseguir un tratamiento eficaz de la incertidumbre. Al “principio del tercio excluso” hemos antepuesto el “principio de simultaneidad gradual”. La “lógica booleana” ha sido generalizada por toda una gama de “lógicas multivalentes”. Las “matemáticas de la certeza y del azar” se han completado con las “matemáticas numéricas y no numéricas de la incertidumbre”. Los “modelos y algoritmos” utilizados desde hace más de 50 años se han visto relegados o transformados a la luz de la “teoría de los subconjuntos borrosos”.

Hemos intentado transmitir nuestros modestos hallazgos a través de conferencias, coloquios, ponencias en congresos y de las más variadas publicaciones. Incluso en una de nuestras pasadas aportaciones, recogimos en un volumen el pensamiento actual sobre al incertidumbre en economía. En los trabajos presentados por investigadores griegos, rumanos, italianos, franceses y españoles, la idea de borrosidad teñía una y otra vez los procesos de búsqueda de explicaciones susceptibles de encauzar hechos y fenómenos situados en un futuro envuelto en un velo de incertidumbre. El resultado parece prometedor, pero lo reconocemos insuficiente.

El estudio de las irregularidades económicas es una de las asignaturas pendientes tanto en la investigación como en la docencia. Interesantes trabajos, esto sí aislados, dan fe, sin embargo, de la inquietud de los estudiosos en este campo. Se han realizado intentos de describir la optimización de carteras de valores buscando la solución a través de la geometría fractal. Han aparecido proyectos para estimar las magnitudes más volátiles de los sistemas económicos utilizando herramientas capaces de representar estructuras irregulares. Falta mucho, creemos, para llegar a conseguir un cuerpo coherente en el que poder apoyar trabajos que reúnan solidez formal y eficacia práctica. En este estado en el que nos hallamos, creemos que la manera de conseguir un avance significativo es la colaboración entre los investigadores pertenecientes a distintas áreas de conocimiento. En este caso concreto, las dificultades que suponen el buen conocimiento del instrumental técnico por parte de los economistas y los aspectos económicos más significativos por los matemáticos impiden un avance significativo en el tratamiento de las irregularidades económicas.

Cada vez resulta más patente, con el devenir de los acontecimientos, lo productivas que pueden ser las investigaciones interdisciplinarias, cuando se desea avanzar en la construcción de un nuevo espacio capaz de albergar en su seno una actividad científica de elite, plural en lo necesario y estimulante para la creatividad de las minorías inquietas.

Se dice que la famosa y bella frase de Edward Norton Lorenz (1918-2008) fallecido el pasado jueves: “el batir de las alas de una mariposa en Brasil ¿puede provocar un tornado en Texas?” es la representación más intuitiva del caos. Sin menoscabo del extraordinario interés de sus trabajos, consideramos que la teoría del caos va más lejos y comprende otros aspectos que el considerado por Lorenz.

En los inicios de los años 90 del pasado siglo XX, a raíz de la elaboración de una obra publicada con Arnold Kaufmann pudimos comprobar la importancia de aquellos sistemas en los cuales partiendo de unos datos precisos y un sistema determinista se obtenían unos resultados que no seguían una pauta reconocible. El comportamiento parecía caótico. No avanzamos más en este trabajo. Poco después intentamos, junto con los Profesores Ana Mª Gil Lafuente y Nicolai Horia Teodorescu, profundizar en las posibilidades de incorporar la teoría del caos al tratamiento de ciertos problemas económicos. Los resultados fueron hechos públicos con la publicación de un libro y dos artículos que fueron ampliamente divulgados. En esta etapa investigadora intentamos una confluencia entre caos y borrosidad. Creímos haber abierto una nueva puerta a futuras investigaciones. Hoy con la perspectiva del tiempo nos damos cuenta del largo camino que queda por recorrer.

En todo el recorrido por las esferas del conocimiento hemos conocido la alegría de los trabajos bien hechos y la tristeza de no haber podido completar otros en los que habíamos depositado grandes esperanzas. Una frase que Goete pone en boca de Fausto nos viene, ahora, a la memoria: “solo pude aprender que no se nada y el alma en la contienda está rendida”.

Quienes tuvimos que soportar las duras condiciones de una posguerra llena de privaciones y faltos de información, aprendimos que nada se nos da sin pagar un precio, pero, también, que cualquier hallazgo posee el valor de la más preciada joya. Hoy, las dificultades se encuentran en otro plano. La información fluye por todas las redes y es tanta que difícilmente puede ser abarcada por un reducido número de investigadores. La colaboración y cooperación resulta, entonces, imprescindible.

Llegado parece el momento de ceder el testigo a nuevas generaciones de jóvenes universitarios para que con ilusión y esfuerzo puedan llegar hasta donde nosotros no pudimos y consigan alcanzar las más altas cotas de éxito en la tarea de llevar a nuestra sociedad hacia un futuro de progreso sostenible.

Jaime Gil Aluja:

Presidente de la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras