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Pablo Montero: La generación de la educación


Hace unos días, el Ministerio de Educación y Ciencia falló los Premios Nacionales de Terminación de Estudios Universitarios que, año tras año, distingue con un reconocimiento de carácter oficial a los mejores expedientes académicos en cada una de las titulaciones universitarias oficiales.

En buena medida, y por mucho que estos premios se concedan a título individual, se trata de un reconocimiento del que también son acreedoras las Universidades gallegas y, muy particularmente, su personal docente e investigador. Al fin y al cabo, en su profesorado recae la responsabilidad de crear las debidas condiciones para formar a excelentes profesionales y comprometidos ciudadanos, de suerte que estos dispongan además de las oportunidades necesarias para proyectar sus vidas personales y vivir sus proyectos profesionales.

De hecho, en tanto que la enseñanza y el aprendizaje reportan satisfacciones y legados de largo recorrido a sus protagonistas, estudiantes y docentes son también cómplices de cuánto representa -y de cuánto pueda llegar a representar- la transición “desde la idea de Universidad hacia la Universidad de las ideas”.

En realidad, sin dejar de reconocer que las Universidades han hecho mucho por quienes la han frecuentado, y sin descuidar que deberán hacer todavía más por agrandar la preparación de las siguientes generaciones, hay motivos para celebrar lo que de bueno se hace en nombre de la educación superior. Porque -aunque con distintas fortunas- nunca han faltando los aciertos que justifican el que podamos sentirnos satisfechos de las Universidades que tenemos. Y, si bien no podemos desestimar el alcance de ciertas problemáticas que sobresaltan el curso de estas instituciones, tampoco podremos dejar de valorar los logros que ha ido atesorando una educación que trata de socializar e integrar, en una sociedad que se caracteriza por ser pretendidamente educadora e inclusiva.

No en vano, gracias al alargamiento de las posibilidades para educar y educarse, contamos hoy con la generación más y mejor preparada de siempre, repleta de jóvenes talentos que han crecido al abrigo de los estudios superiores, disponiendo además de nuevas oportunidades para continuar formándose. Y es que, en los últimos años, mucho de lo que la educación ha ido promoviendo se expresa en unas enormes reservas de capital humano, cuyos recursos son la mayor fuente de nuestras energías renovables.

Y lo son tanto a nivel científico y tecnológico, como en el terreno de “lo humano” y de “lo social”, produciendo avances en una doble dirección. De un lado, universalizando todas las condiciones de ciudadanía a toda la ciudadanía, para que las personas y los grupos puedan socializar sus derechos y deberes educativos, sociales, ambientales, culturales, etc. De otro, obrando todo lo necesario para mejorar la calidad de vida y el bienestar social de las comunidades, a fin de hacer realidad las alternativas de una vida más saludable en un mundo más habitable.

No podía ser de otro modo, pues la sociedad que hemos edificado se merecía una política educativa y universitaria a la altura de los valores que encarnan sus ciudadanos y sus ciudadanas. Siendo éste un reto que siempre requerirá del concurso de la educación, para traducir su quehacer pedagógico en el activo más revulsivo de la empresa ciudadana. Y todo, a fin de favorecer que las personas puedan ser creativas en el ejercicio de sus compromisos y en la práctica de sus responsabilidades individuales y colectivas. Compromisos y responsabilidades que habrán de reafirmarse cada día en la defensa del derecho a la educación y, si cabe con mayores empeños, del derecho de aprender.

Una vez más, depositar en nuestra educación universitaria semejantes convicciones es, sin lugar a dudas, uno de esos actos que se inscriben en el terreno de la política, imprimiendo la huella cívica y democrática de toda una generación. Si coincidimos en que la educación está entre las muchas bienvenidas que ha traído consigo la llegada de la democracia -y esto es algo que no parece generar grandes desacuerdos-, entonces no está de más que, de cuando en vez, nos lo recordemos y hasta podamos felicitarnos por ello. Pues quien realmente está de enhorabuena -además de las y los premiados- es, sobre todo, nuestra educación universitaria. Enhorabuena.

Pablo Montero:

Pablo Montero Souto es Premio Nacional de Terminación de Estudios Universitarios 2007