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Emilio Valadé del Río: Adios a un maestro


Casi sin avisar, Ernst Mayr se nos ha muerto cuando acababa de cumplir cien años, y entre los biólogos se ha instaurado un silencio calmo: es hora de reflexionar sobre su legado.

Una vida tan longeva representa un período suficientemente amplio como para dejar tras de sí un legado fecundo tanto en aporte experimental como en creación intelectual, por eso nos encontramos con su impronta en muchos campos de la biología.

¿Qué ha significado Mayr en la biología del siglo XX? ¿Cómo se van a proyectar sus ideas en un futuro más o menos inmediato? Eso es lo que pretendo contestar en estas líneas que, vaya por delante, pretenden ser un pobre homenaje a quien nos ha trazado un camino a seguir en el campo de las ideas biológicas.

Porque era un devoto de las ideas. Amante de la singularidad de la biología, defendió siempre la idea de que en nuestra ciencia, a diferencia de otras que también estudian aspectos de los seres naturales, nunca hay leyes tal como se entienden en otros campos del conocimiento. Eso ocurre porque, explicaba él, los seres vivos actúan regidos por dos causas: las extrínsecas, las que vienen dadas por los agentes externos a ellos, y las intrínsecas, las que suministran los modos de respuestas ante esos estímulos y que vienen determinadas por el programa genético peculiar de cada ser vivo. Así de sencillo, pero nunca nadie, antes que él, había tenido la ocurrencia de enunciarlo de ese modo, haciendo que el lenguaje de la ciencia dejase de tener un tono ocultista.

Siempre defendió la importancia de los conceptos en biología. No tenemos leyes, pero nuestro saber está encerrado en conceptos, siempre en constante renovación debido a los continuos descubrimientos, que perfilan los conocimientos. Así, puso en su sitio dos elementos pretendidamente antagónicos dentro de la actividad científica: el descubrimiento y la elaboración de conceptos. Para Mayr, primero era el descubrimiento que, con posterioridad, influiría en el perfeccionamiento del concepto. (El descubrimiento de un código genético común a todos los seres vivos, afianzó el concepto de su unidad de origen). La segunda mitad del siglo XX vio cómo muchos conceptos importantes en biología se iban perfeccionando gracias a los múltiples descubrimientos que se fueron realizando: los conceptos de gen, ecosistema, genotipo, regulación, desarrollo y un largo etcétera, fueron madurando a lo largo de ese tiempo, de modo que hoy no se parecen casi en nada a lo que pudieron haber contenido a principios del siglo pasado. Pero, debido a su plasticidad, y gracias a ella, siempre han sido unos conceptos plenamente operativos, llenos de significado, eficaces y fecundos para los biólogos de cada momento.

El concepto biológico que más debe al trabajo de Mayr es el de especie, uno de los más antiguos debido a su propia inmediatez. Ya Aristóteles la había definido, pero esa definición no satisfacía los conocimientos actuales. De hecho, desde entonces, había sido uno de los conceptos más controvertidos y nunca se había llegado a una definición clara y tajante de esa unidad biológica que constituyen los individuos que la forman. Mayr, superando criterios antiguos, como eran los exclusivamente morfológicos, definió la especie en términos ecológicos, genéticos, morfológicos, etc., de modo que su definición ha pasado a ser la utilizada por todos los biólogos, en muchos casos sin saber siquiera quién la ha formulado.

Junto con varios autores de su misma categoría científica e intelectual, actualizó las teorías de Darwin con un enfoque en el que se recogían datos suministrados por ciencias biológicas entonces emergentes, como podían ser la genética, la ecología, la botánica o la zoología. A esa nueva teoría se le denominó teoría sintética de la evolución, que es el actual paradigma científico de los biólogos evolucionistas. Siempre defendió la idea de la emergencia en biología, otro concepto que está en deuda con él.

Esta idea nos dice que en seres naturales complejos aparecen (emergen) caracteres nuevos, que no podrían ser deducidos a partir de los que poseen sus componentes. Por ejemplo, de igual modo que las características del agua no pueden ser deducidas por las del oxígeno ni por las del hidrógeno, tampoco las características de un órgano, de un organismo o de una población pueden ser deducidas al estudiar alguno de sus componentes. En los complejos "emergen" características nuevas cuya base biológica es muy difícil de precisar de modo estructural, pero que poseen una completa entidad biológica, a veces muy importante.

Tal vez, al leer los libros de Mayr se encuentre uno con algo que escasea en otros. Se trata de escritos de un enciclopedista, de alguien que sabe biología y cuyos ejemplos proceden de múltiples casos concretos, siempre reflejo del proceder de los seres vivos. Tal vez desde El Origen de las Especies, de Darwin, no hayan aparecido libros con tantos y tan diversos ejemplos. Parece como si la especialización requerida actualmente a los científicos les impidiese a ellos mismos salirse de sus estrictas áreas de trabajo. Eso puede ser verdad, pero no obstante, en aquellos biólogos que también nos han dejado libros de pensamiento biológico, y hablo de Cajal, Crick, Dobzhansky o Jacob, por citar a algunos (tres de los cuales galardonados con su Premio Nobel), nos encontramos con el mismo hecho: además de poseer un profundo conocimiento acerca de su área de trabajo, eran unos grandes biólogos que dominaban con amplitud el conjunto de esta ciencia.

Hay un trabajo bonito, entrañable, de E. Mayr en el que nos cuenta sus inicios como biólogo, cuando no era más que un futuro médico aficionado a las aves. Un día encontró una en una zona en la que no estaba descrita su presencia. Desconociéndola, se la llevó a un afamado ornitólogo, que le riñó por creer que aquel muchacho no pretendía más que burlarse de él. Mayr no se desanimó con este contratiempo y fue a ver a otro científico que le recibió interesado, le comentó la importancia de su observación y se hizo acompañar por él para realizar búsquedas de más especimenes. Este trato estimulador del maestro hacia el muchacho aficionado a la ornitología, hizo que éste se aficionase más y más a ella, hasta hacer de ese campo de estudio el mundo en el que desarrollaría sus ideas. Siempre me ha dado mucho que pensar esta actitud de estímulo por parte del profesor consagrado hacia quien llama a las puertas del mundo del conocimiento.

Autor de numerosos libros, digamos, de divulgación, ha dejado plasmado en ellos, como un legado, las pautas de su pensamiento biológico, algo de sumo interés para todo aquel que quiera interpretar muchos conceptos necesarios hoy en día de la mano de uno de los grandes del siglo XX, Ernst Mayr.

Emilio Valadé del Río:

Profesor de la Universidad de Santiago de Compostela