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José Ramón García Menéndez: "Neruda, Carpentier y Cortázar. La ceremonia del aniversario"


La historia no administra caricias ni latigazos.

La historia no es maestra de nada que nos ataña.

Comprenderlo, no sirve para hacerla más verdadera o más justa.

(Eugenio Montale)

A lo largo de 2004 se conmemoran diversos aniversarios de honda significación para la literatura latinoamericana. El centenario del nacimiento de Pablo Neruda y de Alejo Carpentier y el vigésimo año del fallecimiento de Julio Cortázar abonan los diversos ceremoniales que integran el ritual de los aniversarios. Aquí y allá, con diferentes expresiones culturales, los círculos académicos otorgan contenido a reuniones científicas en torno a la vida y obra de estos ilustres moradores del Parnaso Literario de América.

En este sentido, desde el presente 26 de diciembre de 2004 (día en el que se conmemora el centenario del nacimiento de Carpentier) podemos recordar que la Universidad de Santiago de Compostela estuvo presente con dos eventos que, si bien diferentes en su formato y motivación –un congreso internacional sobre la figura y obra de Carpentier y un recital poético y musical en torno a Neruda- reafirman la presencia activa de la USC en iniciativas de académicas y culturales de indudable importancia científica y de repercusión social.

No obstante, también existe una intra-historia literaria, política y profesional de no menor interés para entender algunas de las claves que ayudan a desbrozar la maraña de inquietudes y servidumbres que subyacen en la labor creativa y que explican las reacciones –a veces, tan sorprendentes- de quienes reconocemos como genios literarios que nos permiten, cuando leemos su obra, tanto recrear universos desconocidos como aproximarnos a la realidad que constituye el entorno social, político, económico, cultural…, que circunda al autor y a su trabajo literario.

Simultáneamente, proliferan actos y cenáculos críticos en la carrera anual en la que apologetas oficiales y desolladores críticos diseccionan la proyección intelectual y el anecdotario de poetas, novelistas y ensayistas tan ilustres sin contribuir, de modo significativo, al estímulo colectivo de lectura de una obra tan gigante –por diferentes motivos- como la de Neruda, Carpentier o Cortázar.

Es más, la aproximación a la biografía y obra de escritores latinoamericanos que han dejado huella indeleble en la literatura contemporánea permiten, también, contrastar algunas de las grandezas y de las mezquindades personales y gremiales que explican la historia no sólo del pensamiento y de la cultura sino, además, la trayectoria social, política y económica de América Latina.

Durante algunos años del gobierno militar en Chile, la insigne revista Araucaria se publicó en Madrid y en ella colaboraba el periodista Luis Alberto Mansilla quien relataba, en un reciente encuentro entre colegas y amigos admiradores de la obra nerudiana, su infructuoso encuentro con Alejo Carpentier en 1980 para solicitarle una entrevista. Carpentier era, entonces, agregado cultural en la embajada de Cuba en Paris y padecía los estragos galopantes de su enfermedad. Sin embargo, el escritor cubano puso una condición inexcusable para la entrevista: solamente aceptaba si se publicaba un párrafo introductorio en el que se destacara que lo referido sobre él en las memorias de Pablo Neruda, "Confieso que he vivido", más que injusto e injustificable era, en palabras del propio Carpentier, "una infamia, una canallada contra un escritor de Cuba". Por supuesto, conociendo el predicamento del poeta en su tierra natal y su significación literaria y política, la condición no fue aceptada por la dirección de Araucaria.

La anécdota es significativa pues no sólo muestra la pugna entre celebridades del mismo signo que se repelen sino, más bien, informa de un pulso personal cuyo origen se remonta a las vísperas de la Guerra Civil española y continúa con especial acritud en la etapa del gobierno de la Unidad Popular presidido por Salvador Allende cuando nombra embajador de Chile en Francia a Pablo Neruda. En Paris residía, también, Carpentier pues se desempeñaba como agregado cultural de la embajada de Cuba cuyo titular, Baudilio Castellanos, era considerado despectivamente por el laureado poeta chileno como un mediocre "completamente libre de toda contaminación literaria", según testimonio de Jorge Edwards.

A quienes hemos recorrido el largo itinerario para visitar, como en un devoto peregrinaje literario, las diversas casas que habitó el orfebre de "Canto General" (incluso la mansión en un acantilado escondido de Capri frente a la costa napolitana coronada por un Vesubio taciturno), sabemos que su presencia fue y es "excesiva". Los "excesos" de Neruda (como incansable amante de mujeres y de disfraces, pertinaz coleccionista de toda serie de antigüedades, lector voraz y compulsivo creador de cócteles, entre otras actividades predilectas) eran conocidos por todos los ambientes políticos y literarios de la época y, en buena parte, se debía a la difusión hinchada y, en ocasiones, grandilocuente del propio Neruda sobre algunas de sus más conocidas "hazañas" que escenificaba ante sus incondicionales en su particular bar de Isla Negra. Allí, entre botellas vacías fechadas y firmadas por amigos que compartieron el vino de la amistad en unas inolvidables veladas, Neruda relataba emocionado cómo los viejos marineros de un puerto del Pacífico mexicano honraban la figura de mujer de un refinado mascarón de proa como si de una imagen de la Virgen del Carmen se tratara.

Como en tantos casos, las características personales de un determinado autor –no ajeno a las vicisitudes, fobias, filias, debilidades y complejos de todo mortal- no encajan con la exquisita sensibilidad de su obra artística. En este sentido, la desmesura era similar a la acidez de las opiniones corrosivas de Neruda pues formaban parte del mismo personaje aunque sus enemistades literarias lo consideraran un ogro narcisista con una voz monótona, entre atiplada y mortecina, que reventaba el delicado verso de sus poemas de amor con el sonsonete nasal de un recitado monocorde.

Sin duda, Neruda inspiraba pasión entre apologistas y detractores. Lo comprobé personalmente a la largo de una estancia de investigación en la sede de Santiago de Chile de la Comisión Económica para América Latina, en el año académico 1999-2000, cuando asistí casi diariamente a la tertulia literaria de La Unión Española –un "café" de rancio abolengo de la calle Nueva Cork en el que se servía de forma preferente vino "borgoña con frutilla"- y varios colegas universitarios y diplomáticos chilenos relataban toda suerte de anécdotas de y sobre Neruda, muchas de ellas apócrifas pero que ya forman parte de la intra-historia doméstica de la literatura española en buena parte del siglo XX.

Al respecto, el pleito Carpentier-Neruda (a veces pueril, con frecuencia agrio) cobró una especial virulencia con la publicación de "Confieso que he vivido", libro de memorias del poeta entre el fecundo balance vital y literario y un irrefrenable gusto por el litigio contumaz con escritores latinoamericanos contemporáneos, especialmente chilenos. De esta forma, mientras hace una cruel caricatura de la relación política y literaria con Pablo de Rokha, poeta y camarada suicidado en 1968, a quien denomina "Perico de Palothes" ; Neruda califica a Vicente Huidobro como "egocéntrico impenitente" y despreciaba la obra de Nicolás Guillén utilizando el equívoco con Jorge Guillén mediante la siguiente mención literal: "…Guillén (el español: el bueno)".

Neruda gozó de una revitalizada memoria, cercano a los setenta años de edad, que vuelca en "Confieso que he vivido", hasta el punto de dedicarle media página a "un cierto ambiguo uruguayo de apellido gallego…(que) publica…panfletos en que me descuartiza…poetiso (sic) uruguayo con sus fantásticas incriminaciones" . Sin embargo, no encontramos mención alguna a la constelación literaria de Uruguay formada por Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, Angel Rama y Eduardo Galeano, entre otros. Como tampoco menciona a otro de los grandes escritores de América Latina, con una densa obra novelística y poética, como Lezama Lima.

Quizás siguiendo la máxima de Rimbaud ("Mi superioridad consiste en que no tengo corazón"), Neruda mostró una prepotencia "natural" consciente de la envergadura de su estatura literaria y física, y de la popularidad que alimentaba constantemente a través de frecuentes gestos de generosidad personal y literaria. Los pugilatos en el seno del gremio literario le permitió, con acérrimos enemigos y apasionados defensores, estar en el primer plano de la actualidad. Por eso no sorprende que, con especial saña, Neruda también "ninguneó" a Carpentier y, en menor grado, a Cortázar con los que coincide -destino azaroso- en el ritual de los aniversarios.

EL INTERMINABLE AJUSTE DE CUENTAS

Al final de la guerra civil española, Neruda se establece por unos meses en Paris en un apartamento compartido con Rafael Alberti y María Teresa León en el Quai de L´Horloge, muy cerca de la plaza Dauphine donde, en palabras de Neruda, "…vivía el escritor francés (sic) Alejo Carpentier, uno de los hombres más neutrales que he conocido. No se atrevía a opinar sobre nada, ni siquiera sobre los nazis que ya se le echaban encima a Paris como lobos hambrientos".

El juicio de Neruda –tan generoso con los colegas de la generación del 27- fue más que duro, sumamente injusto e injustificable. Sin embargo, y hasta las menciones ofensivas en "Confieso que he vivido", Carpentier profesaba una sincera adminaración por la poética apasionada del chileno y se refería a inolvidables veladas en el Madrid bullicioso de la II República en las que Federico García Lorca le hablaba de "oscuras fuerzas telúricas" y "…Pablo Neruda me leía poemas cuyos versos me hacían asistir a la mineralización de un personaje".

Pero, además, Carpentier y Neruda compartieron asistencia y participación en el I Congreso de Escritores en Defensa de la Cultura (Paris, 1935) y en el II Congreso de Escritores Antifascistas (Valencia, 1937). En este sentido, Neruda conocía directamente la apuesta de Carpentier no sólo por su respaldo crítico a valores emergentes en las artes plásticas (Picasso, Miró) o en la música (Satie) sino, también, por su compromiso de denuncia y movilización ante el avance del fascismo en España y, después, en toda Europa, así como el rechazo a las crueles tiranías americanas (Somoza, Trujillo, Batista…) a las que, genialmente, superpuso las herramientas cartesianas para alumbrar el "Recurso del método".

También es cierto que la actitud personal sobria y medida de Alejo Carpentier, tan afín a las vanguardias modernistas de Europa de entreguerras y tan alejado, en apariencia, de los alardes sensuales del Caribe, contrastaba con la vitalidad del poeta que, desde su Temuco natal, siente la llamada cosmopolita con el apellido de Jan Neruda, poeta checo y la insuperable inspiración exótica de la geografía del Índico. Sin duda, el triunfo de la Revolución en Cuba y sus responsabilidades políticas, especialmente en labores diplomáticas, influyó en Alejo Carpentier para adoptar una posición más fría y distante hacia sus antiguos colegas de Madrid o Paris. La administración del poder, en términos de Canetti y en un evidente contexto de cerco de Cuba ante el acoso de EE.UU., genera pasividad de los gestores más conscientes y agresividad en los más desconfiados; y, en todos ellos, una progresiva tendencia al escepticismo histórico o, en los términos de camaradas literarios desconcertados ante el final de la "primavera de Praga" , al marxismo inteligente.

Según recapituló años después de su humillante confesión pública, Heberto Padilla era consciente de que la paranoia afectó a unos y otros pues, a fin de cuentas, todos constituían un peculiar rebaño de héroes cuyos estereotipos "pastaban en su jardín", al igual que en el jardín de cada cubano. Al respecto, Padilla transcribió el singular encuentro, en una librería de La Habana, con un Carpentier agotado por los estragos de la enfermedad. Carpentier conocía de primera mano las graves acusaciones que el régimen había formulado contra Padilla hasta el punto que el litigio había ya "cobrado" alguna víctima institucional y numerosos "desafectos" políticos y literarios.

El paternal interés mostrado por Carpentier para que su interlocutor reconsidere el paulatino distanciamiento con la Revolución no obtiene rédito personal alguno, pese a la admiración literaria que le profesa Heberto Padilla, quien concluye en que "Alejo Carpentier era de la misma opinión que García Márquez: a pesar de los errores de la revolución cubana había que mantenerse fiel a su causa y no enemistarse con la izquierda internacional".

A pesar del innegable activismo político y la irrenunciable militancia de Neruda, a éste le molestaba la posición "acrítica" de Carpentier –por autocomplacencia o por escepticismo existencial-, una posición en pariencia cómoda en la "nomenclatura tropical" denostada, en cambio, por el chileno que esgrime pluma visceral y sin ataduras no deseadas pero, con frecuencia, depositario de un narcisismo prepotente de quien se sabe arcano del hondo discurso poético, a veces sublime para cantar las alturas del Macchu Pichu y otras servil para canonizar a Stalin en deleznables odas hagiográficas.

La "neutralidad" del escritor cubano estaba, para el cáustico Neruda, no el servicio a la equidistancia del crítico leal sino a la "obediencia debida" a la cúpula del poder del régimen que no permitió, por ejemplo, que la delegación cubana de escritores pudiera viajar a EE.UU. para participar en una reunión mundial del Pen Club a pesar de las gestiones que realizó Pablo Neruda contando con los visados concedidos con varios meses de antelación. Entre otros, Nicolás Guillén y Alejo Carpentier adujeron razones de precipitación para conseguir visados para justificar su ausencia en una reunión en la que Neruda tuvo un brillante papel de animación. "Alguien mentía en esa ocasión…", escribe Neruda pero "…se comprende que hubo un acuerdo superior (sic) de ausencia a última hora". Neruda estaba muy dolido con los escritores cubanos, especialmente con Carpentier, que firmaron el manifiesto contra el chileno por haber viajado a una "potencia imperialista", que mantenía a Cuba en un "bloqueo criminal", mostrando el alarde y los delirios burgueses del Premio Nobel que había renegado de su origen ferroviario y de su auténtico nombre por otro "usurpado" de un poeta checo olvidado.

Sin duda, en este itinerario sobre grandezas y mezquindades correspondientes a autores que forman parte de nuestro legado cultural, de quienes leemos y admiramos una obra ingente, volcánica, desmesurada…, Neruda se nos presenta en las mismas palabras pronunciadas por su denostado Huidobro: "Soy un ángel salvaje que cayó esta mañana / en vuestras plantaciones de preceptos…"

LITERATURA E HISTORIA: LO INSÓLITO ES LO COTIDIANO

Desde su temprana atalaya parisina, Alejo Carpentier se convirtió en un emisor hacia América Latina de las corrientes artísticas europeas, no sólo como privilegiado observador sino, además, como activo impulsor de vanguardias en numerosas facetas del Arte. Paralelamente, esta labor de agitación intelectual se correspondió con la consolidación de una propuesta metodológica de su taller literario en la que se mantuvo la tesis consistente en una aproximación materialista a la Historia, en el sentido marxista del término, de América Latina a través de la síntesis irrepetible de elementos insólitos en el tiempo y en el espacio.

Este vector directriz del trabajo literario de Carpentier se consolida, sin duda, tras la redacción de "El reino de este mundo" pues en el prólogo el autor reconoce que la creación ha dejado "…que lo maravilloso fluya libremente de una realidad estrictamente seguida en todos sus detalles".

La propuesta de Carpentier ha dado lugar a rebautizos más o menos afortunados en la caracterización de una parte significativa de la literatura latinoamericana contemporánea: "lo real maravilloso", "realismo mágico"… No obstante, también mereció fuertes críticas que fusionaron la respuesta a una línea metodológica en la (re)construcción del objeto literario con el rechazo al posicionamiento ideológico y político de Carpentier que suponía, al decir de Neruda, una obediencia ciega, acrítica, hacia el poder institucionalizado.

Cuando Alejo Carpentier publica su relato "Semejante a la noche" en el que argumentalmente se repite una serie de hechos similares en diferentes secuencias y con la presencia de un mismo personaje en todos ellos equivale a la anulación de la variable "tiempo" en el discurso y, por tanto, a la negación de la Historia pues ésta es, en el relato de Carpentier, una mera repetición del mismo acontecimiento. La visión anti-histórica de la realidad contada literariamente, según el bisturí de Neruda, constituye el caldo de cultivo más idóneo para la actitud "neutral", políticamente acomodaticia del escritor ante la servidumbre del poder.

El silogismo nerudiano sobre la "neutralidad" axiológica y política del novelista cubano podría representar, también, una injusta y escasamente ponderada trampa persuasiva para el lector desprevenido pues, como aparente paradoja, Neruda coincide plenamente con Carpentier cuando apreciamos, con la perspectiva que otorga la experiencia, que ambos cumplen cabalmente el dictum de Alejo Carpentier en "Tientos y diferencias": "Quienes sean lo bastante fuertes para tocar las puertas de la gran cultura universal serán capaces de abrir sus batientes", con el convencimiento de que en América Latina no existe un proceso de subdesarrollo intelectual parejo al subdesarrollo socioeconómico.

En este sentido, Julio Cortázar que le debió al peronismo su diáspora de Argentina para pasar de las clases de literatura francesa en la Universidad de Cuyo a consolidar una rica y variada carrera literaria en Francia se escandaliza ante las pretensiones de algunos hipercríticos (¿estaría pensando en Pablo Neruda?) sobre el oficio del escritor ante las tentaciones estéticas como losas que entierran el compromiso ético.

Como muchos lectores, Cortázar estuvo hondamente conmovido por "Los pasos perdidos", denso, barroco, asfixiante viaje iniciático al corazón de las tinieblas del Orinoco, en el que Carpentier (como el maestro Conrad) vuelve al origen telúrico de todas las teogonías sin caer en el localismo del seudo indigenismo promovido por la causa criolla en las campañas anticoloniales y que tanto daño causó a la literatura americana del diecinueve. Ante las críticas militantes que achacaron a Carpentier un sesgo universalista y acomodado de "Los pasos perdidos", al margen de la específica problemática política, social y económica de América Latina, Cortázar escribe a Roberto Fernández Retamar, desde Francia a Cuba en carta fechada el 10 de mayo de 1967: "¿Podrías tú imaginarte a un hombre de la latitud de un Alejo Carpentier convirtiendo la tesis de su novela citada en una inflexible bandera de combate? Desde luego que no…".

La fobia de Neruda por muchos de sus colegas era de diferente grado pero muy extensa. Cortázar no se salvó de las menciones agridulces de "Confieso que he vivido".

Al respecto, Neruda relata con la falsa modestia de una encendida y mal disimulada vanidad la secuencia de acontecimientos que se precipitaron el 21 de octubre de 1971, día de concesión del Nobel de Literatura. A la hora de la cena, se reunieron en Paris numerosos amigos para agasajar al laureado poeta: entre otros, Matta, de Italia; García Márquez, de Barcelona….; y Cortázar, de su escondrijo (sic).

Cortázar, a pesar de un cuerpo agigantado que cobraba insospechadas angulosidades físicas en las manos y en el rostro, poseía un tamaño desmesurado que, a diferencia de Neruda, invitaba a la sinceridad (y no a las puertas secretas de los armarios de disfraces), a la confidencia cómplice (y no al recital grandilocuente), a la tosca ternura (y no al dominio prepotente) y al vino (y no al sofisticado "pisco sour" con clara de huevo).

Uno de los espectáculos humanos y literarios más curiosos que he podido presenciar personalmente sucedió en el Madrid primaveral de una Feria del Libro, allá por 1976 o 1977, en el que Julio Cortázar firmaba varias reediciones de su obra. Sin ser aún personaje popularmente conocido, excepto para algunos devotos como yo que seguían puntualmente la serie de "cuadernos de la romana" del diario Informaciones, con su sempiterno bastón y quizás recién llegado de Salamanca, don Gonzalo Torrente Ballester estaba en la larga fila a la espera de la dedicatoria y firma del escritor argentino.

En el sitio tradicional de pacientes admiradores, justamente delante de mí, se situó Torrente Ballester con ejemplares de ediciones de bolsillo del autor de "Rayuela" quien, desterrado por el peronismo, se aclimata a Europa y adopta una característica pronunciación gutural de la "erre" que no abandonará jamás, aumentando la falsa apariencia de fragilidad de un ánima creativa en un armazón tan descoyuntado. Cuando Cortázar se percibe de la presencia del maestro Torrente Ballester -que aún apenas saboreaba el pleno reconocimiento literario por el impacto de la "Saga/Fuga de JB" y en vísperas de su pleno éxito televisivo por "Los gozos y las sombras"- abandona la caseta y en dos o tres zancadas rescata, casi en volandas, al ilustre profesor y comenta, un tanto azorado y en voz alta, "…realmente, che, debería ser aquí 'don Gonsalo' quien firmara dedicatorias de sus libros".

Algunos de nosotros aún conservamos como joyas bibliográficas primeras ediciones de la editorial Sudamericana adquiridas en la rebotica de la coruñesa librería Arenas, rogando al malogrado Fernando que nos facilitara, bajo cuerda, ejemplares del "index" del tardo franquismo (que en aquellos aciagos años no permitió, por ejemplo, la distribución de "Si te dicen que caí" de Marsé, o "El libro de Manuel" de Cortázar). Y no sorprende que se añoren y revisen los videos grabados, en blanco y negro, de aquellas largas entrevistas de Soler Serrano a escritores latinoamericanos.

Y, más recientemente, cómo olvidar las lágrimas de Julio Cortázar en un programa televisivo cuando rememoraba a su compañera recientemente fallecida y con la que protagonizó los viajes de los "autonautas de la cosmopista" a lo largo y ancho de Europa. Pocos meses después, Cortázar también fallece, menguado por la enfermedad y por la melancolía.

Si bien la humanidad de Cortázar distingue al escritor, no fue menor su compromiso político. Bien fuera desde la cabecera de manifestaciones en Paris, desde el Tribuna Russell o en cualquier medio de comunicación, no sólo apostó por causas de defensa de los derechos humanos en América Latina sino que, con desigual fortuna, defendió incondicionalmente las conquistas de la revolución cubana y, especialmente, del movimiento sandinista.

No obstante, más allá de diferencias y posiciones, existe un ámbito común que comparten quienes, por el azar de la cronología, forman parte de los rituales de los aniversarios. Pueden ser diversas las ensoñaciones sobre el tiempo histórico por el discurren las biografías y sobre las utopías que sustentan, con mayor o menor ingenuidad o interés, quienes profesan el viejo oficio de tinieblas pero, en cambio, todos coinciden –a veces, con otros vocablos- con la afirmación de Cortázar: "Puede ser que exista un reino milenario, pero si alguna vez llegamos a él ya no se llamará así…"

José Ramón García Menéndez:

é profesor na Facultade de Económicas e Empresariais da USC